La Semana Santa, recuerdo de un genocidio

Tenemos el placer de publicar un interesante artículo que nos invita a comparar la llamada “Semana Santa” con los antiguos autos de fe que tuvieron lugar, particularmente, en Sevilla y Valladolid en el siglo XVI. Nos alegra que aún queden autores honestos y valientes, más comprometidos con la Verdad que con el lenguaje políticamente correcto,  cuyo padre es el diablo, padre de mentira.

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Hoy para los amigos del calendario es lunes de pascua; todavía resuenan los soniquetes de las cofradías españolas. Las pieles de sus tambores siguen calientes tras una semana de golpes de tambor y pecho. Mis entrañas aún con estas lejanas reverberaciones se mantienen en tensión; mis puños cerrados; mis lágrimas sujetas. Sólo la confianza en nuestro Señor, su Palabra y su Victoria alivian mi carga emocional.

La coincidencia de una celebración con algún cambio astronómico debería hacernos sospechar de un origen pagano, remontándonos a los tiempos de la fagocitación cristiano-romana de los mitos locales encontrados en su camino imperial. Nada que ver con nuestro Redentor, y en esos días estamos. Se conviene una fecha y se establecen ritos. Seguimos en la sombra.

Sevilla, Valladolid, dos ciudades españolas de fuerte tradición imaginera, de incienso y pompa. Dos ciudades que vivieron intramuros el nacimiento de comunidades cristianas protestantes, nuestros hermanos. Cristianos de aquí, no importados de Europa como algunos nos quieren hacer creer. Juan, Julián, Manuela… casi se los carga la historia. Físicamente lo hizo el papado, y con el olvido lo hacemos cada uno de sus hermanos que no los conocemos, reconocemos y recordamos.

En el siglo XVI yo hubiera sido encarcelado. Si alguien me hubiera escuchado proclamar su Palabra, leer mi Reina-Valera (ellos también estaban allí), o simplemente alguien sospechara que por mi frente rondaba una idea contra dogma alguno de la romana, hubiera sido aprehendido. Con acechanzas y artificios hubiera sido inducido a confesar mi “herejía luterana”. Quizá hubiera sobrevivido a una cárcel que únicamente me permitiera mantenerme de pie, sin camastro ni letrina, y que además se inundara con las crecidas del río Guadalquivir . Quizá hubiera sobrevivido a las sesiones de tortura física y psicológica de los “santos padres”. Puede que incluso mi verdadero Padre me hubiera dado fuerzas para mantenerme firme sabiendo que estos “santos padres”, torpes en doctrina pero doctos en malicia, iban a secuestrar mis bienes y los de mi familia para mi generación y las venideras, condenando a mis seres queridos a la mendicidad. O me hubiera otorgado la capacidad de discutir con los eruditos del tribunal y la soltura mental para hacerlo intentando no aumentar mi condena. Pero entonces, muy a mi pesar, hubiera participado en una procesión. Mi último paseo.

Una de las escenas más evocativas de la semana santa, repetida en mil postales, es el paso de cierta hermandad por el puente de Triana en Sevilla. Junto a ese puente aún hoy se pueden visitar los que hubieran sido mis calabozos en el castillo inquisitorial de San Jorge. Y en esa procesión y por ese mismo sitio hubiera estado entonces. Atado de manos, engrilletado de pies, en fila con mis hermanos. En mi cabeza un capirote y sobre mi torso un sambenito con mi acusación.

Presuponiendo una gallardía que no tengo hubiera cantado en aquel paseo alabanzas a Dios y palabras de perdón para mis verdugos, pero entonces un bozal de madera, un cilindro fuertemente atado a mi boca abierta hubiera ahogado mis palabras. Cualquier cosa hubieran hecho los santos padres para no estropear el gran fasto del Auto de Fe, para no confundir al pueblo entero que, enganalados sus balcones y con sus mejores ropajes, acudía en masa al espectáculo.

Subido a una tarima de la plaza San Francisco y ante las autoridades, palcos VIP en alquiler y la grana y oro de la ciudad, el tribunal de la farsa me habría declarado culpable. En el peor caso “hereje pertinaz”. Castigado a ser quemado vivo en la hoguera del quemadero de Tablada, con ramas verdes para aumentar el humo y el show. O quizá en un gesto de falsa piedad me hubieran dado garrote antes de quemarme. Quizá mi delito fuera tan ridículo que mi pena, llamada “reconciliación”, consistiese en vestir mi sambenito perpetuamente, pasear con velas apagadas en el día del triunfo del dios de este siglo, y a reclusión perpetua en algún cenobio. Sea como fuere ese sambenito a mi muerte hubiera sido colgado en la iglesia donde acudiera mi familia, durante generaciones, cuidado de la rotura para mantenimiento y vergüenza ajena durante siglos.

Pude ser yo. Pudiste ser tú. Pero no lo fuimos. Fueron Juan Ponce de León, Juan González, Julián Fernández, Juan de León, Cristóbal Losada, Cristóbal Arellano, García Arias el “Maestro Blanco”, Juan Egidio, sacados sus huesos de la tumba y quemado en efigie. Y nuestras valientes hermanas, Francisca de Chaves, Isabel de Baena, María Virués, o María Bohórquez, que con a penas veintiún años no soportó los rigores de la cárcel inquisitorial y con su doctrina maravillaba a unos y cerraba las fauces de otros. Fueron ellos o algunos de los más de dos mil procesados por el infame Inquisidor General Fernando Niño de Guevara.

Este Inquisidor estableció la obligación para todas la cofradías sevillanas de pasar bajo su balcón, creando lo que hoy se conoce como carrera oficial. Y estas cofradías son las que hoy representan con todo lujo de macabros detalles el genocidio de los cristianos reformados españoles. Añadan una pizca (o un pizcón) de idolatría y algo de paganismo y obtendrán una gran fiesta española basada en el recuerdo de un genocidio. La Contrarreforma. Dicen que se creó para enseñar al pueblo, pero se creó para matarnos. Y cada año lo hacen. Pero escrito está. Ya falta poco. La victoria es de Nuestro Señor. Y en su Gloria tenga a nuestros hermanos.

Juan Ramón Méndez

Un comentario en “La Semana Santa, recuerdo de un genocidio”

  1. Una de las cosas que más llama la atención es que, siglos después de estos hechos, tanto los de España como los de la noche de San Bartolomé en Francia, el 24 de agosto de 1572 (celebrados por el papa Gregorio XIII con un Te Deum en la basílica de San Pedro), justamente en esos dos países es donde peor iba a pasarlo la iglesia de Roma (o, mejor dicho, algunos de sus miembros), en los dos casos, curiosamente, a manos de un enemigo ateo y masónico: los anarquistas y comunistas en la Guerra Civil Española y los anticlericales en la época de la Revolución Francesa, con cientos de curas y monjas (y algunos obispos en el caso de Francia) linchados por las turbas o ejecutados.

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