La vida y la muerte

Publicamos una breve reflexión, que esperamos sea de edificación a nuestros lectores. Tenemos pendiente retomar la publicación de citas puritanas, que temporalmente nos hemos visto obligados a suspender por falta de tiempo. Esperamos, sin embargo, poder reiniciarla en breve, si Dios así lo permite.

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¿Podemos hablar, en sentido estricto, de incredulidad o ateísmo? En la Sagrada Escritura, podemos ver cómo todos los pueblos son religiosos, y adoran a algún dios. La cuestión, entonces, no es si existe Dios, sino cuál es el Dios verdadero. Todo ser humano tiene su santa Ley escrita en su corazón y, de hecho, su misma imagen (aunque ahora terriblemente desfigurada por causa del pecado). Podemos afirmar, por tanto, que el ser humano es religioso por naturaleza. En lo más profundo de su corazón sabe que ha sido creado por un Ser superior, aunque no quiera reconocerlo y prefiera vivir a sus espaldas.

La Biblia, el libro en que Dios se ha dado a conocer al hombre, no es propiedad ni producto de ninguna cultura o nación (si bien, antes de la venida de Cristo, le plació revelarse particularmente al pueblo que, por su pura gracia, eligió entre todos los pueblos de la tierra: Israel). Es el regalo que Él ha otorgado a toda la humanidad, la luz que ilumina en medio de las tinieblas, su revelación sobrenatural, bajo la cual encontramos respuestas a las grandes preguntas de la existencia. Y, ante esta realidad, todo hombre es responsable ante Dios y ha de darle cuenta. A Él no le valen nuestros vanos pretextos, pues conoce perfectamente nuestro corazón, y estamos desnudos ante su mirada. Nadie podrá decirle el día del juicio final: “Yo no crecí en esta o aquella cultura, no me educaron en el cristianismo, y por tanto no tuve la oportunidad de abrazar la fe cristiana”. Dios te responderá: “El mensaje del evangelio era universal. Yo envié a mi Hijo a morir por pecadores de toda raza, nación, cultura y contexto social, no solo por los nacidos en una parte del mundo o bajo la influencia de un tipo de educación. Por tanto, apártate de mí, hacedor de maldad”.

Pero, entonces, si en el fondo todo ser humano es religioso, y no es necesario que se le convenza de la existencia de Dios, ¿por qué no se dispone a buscarlo, para obtener de Él salvación? Porque, por naturaleza, le aborrece y prefiere seguir revolcándose en el cieno de sus pecados antes que caminar por la recta vía que traza su Ley. Si Dios no hace en nosotros una obra sobrenatural, creándonos de nuevo e implantando fe salvífica en nuestros corazones, abriendo nuestros ojos espirituales a la realidad del pecado y a nuestra necesidad de un Salvador, jamás nos volvemos a Él en arrepentimiento.

Sin embargo, la responsabilidad de todo pecador es muy cierta y muy real, por paradójico e incomprensible que esto nos parezca a la luz de lo que acabamos de afirmar. El predicador sale a predicar a un cementerio, a un valle de huesos secos y sin vida, a los que invita a cobrar vida y salir de la tumba. Obviamente, los huesos ni se inmutarán si Dios mismo no sopla aliento de vida en ellos. Por tanto, la imagen no es la de un dios rogando al pecador que le acepte, que le permita entrar en su vida para lo pueda salvar. Pensar que Dios debe permanecer en espera hasta que el pecador (muerto en sus delitos y pecados) haga algo para recibir la vida es absurdo. El orden, obviamente, es el opuesto: primero Dios da la vida, y después el pecador muestra los frutos de la vida. La realidad podríamos también ilustrarla con otra metáfora: Cristo ha vencido a sus enemigos y muy pronto vendrá a juzgar a vivos y a muertos. Aún estamos a tiempo de pasarnos a su ejército, ya que el Capitán amablemente nos invita a unirnos a sus filas. Pero si aún nos negamos a deponer las armas, hemos de saber que nosotros mismos somos la causa de nuestra muerte, no considerándonos dignos de la sangre preciosa de Cristo, derramada por los pecadores, y que nos encontramos bajo el pie que muy pronto nos aplastará.

Esta es la solemne situación en que todo ser humano se encuentra. Por tanto, obstinado pecador, deja ya de resistir a Dios y ríndete ante Él, porque únicamente en tu rendición obtendrás la victoria. Cristo viene, no se retrasa. No menosprecies su paciencia, que te invita al arrepentimiento, porque la hora viene cuando no habrá más oportunidad para hallar perdón. Hoy es el día de salvación (¡alabemos a Dios por ello!). Pero también, pecador impenitente, no te olvides de que mañana (antes de que te des cuenta) será el día del juicio eterno. Quiera Dios abrir los ojos de tu entendimiento para despertar a la terrible realidad en que te encuentras y halles la vida eterna en Cristo.

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