Reformados españoles del siglo XVI

Queremos rescatar también unas citas ofrecidas por el Dr. David Estrada en una conferencia sobre “El calvinismo de los reformados españoles del XVI”, pronunciada en 2009 con motivo del V centenario del nacimiento de Juan Calvino, la cual por cierto puede escucharse en nuestra página web, entrando en “Conferencias”.

El conocimiento de la ley lleva al hombre a una visión propia de total incapacidad espiritual. A causa de nuestros pecados, somos tan inhábiles e incapaces que ni tan siquiera tenemos el poder de querer recibir nuestra salvación. Lo hacemos cuando el Espíritu de Dios obra en nosotros. Y, aun cuando decimos que el conocimiento del pecado, el arrepentimiento, la contrición y la confesión son obras del hombre, son empero de tal manera suyas que proceden del poder y virtud del Espíritu de Dios, el cual hace al hombre capaz de obrar así.

Antonio del Corro

Si bien el hombre fue creado a semejanza de Dios, en su condición de miseria representa más bien la imagen de su enemigo el diablo, y solo Dios puede restituir esta imagen.

Constantino de la Fuente

Porque el demonio, en lugar de la imagen y semejanza de Dios que había en nosotros, puso las suyas. A los escogidos predestinó Dios para hacerlos conformes a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos.

Juan Pérez de Pineda

La elección divina constituye el argumento firme y sólido de que en la salvación del pecador solo hay un autor: el Dios trino. Dios Padre elige y entrega al Hijo para la salvación de los elegidos. A estos redime Dios el Hijo al aplicarles Dios el Espíritu Santo los méritos de Jesucristo.

El creyente ha de saber que, antes que pudiese hacer bien o mal, lo eligieron y señalaron para que fuese justo y, por justo, bienaventurado. No fue esto por sus obras ni por sus merecimientos, pues antes que él pudiese obrar, fue elegido. El mismo que lo eligió es el que lo justifica, el que lo favorece y sustenta para que, conforme a la elección, haga obras semejantes a las obras de su unigénito Hijo, pues fue elegido y señalado para que fuese semejante a la imagen de su Hijo. ¡Cuántas gracias deberíais dar a Dios, que no dejó en vuestro escoger lo que había de ser de vosotros!

Constantino de la Fuente

En el negocio de nuestra perdición nosotros lo pusimos todo, pero en el de nuestra salvación fue necesario que Dios lo pusiese todo.

Juan Pérez de Pineda

Bien entendidas, las buenas obras son pedazos y sobras de la riqueza de Jesucristo, y todo se atribuye a Él y, si tienen valor, es por Él. Y así siempre en nuestra salvación Él toma la delantera.

Constantino de la Fuente

En toda la obra de la salvación hemos de dar gracias a Dios y hemos de ensalzar su elección.

Juan de Valdés

Se ha dicho que la Reforma del siglo XVI fue el avivamiento religioso más importante después de la irrupción del cristianismo en tiempos apostólicos. Y, de hecho, lo fue, ya que significó el redescubrimiento del evangelio. Después de siglos de oscurantismo religioso, las buenas nuevas de la luz bíblica iluminaron de nuevo las mentes de muchos pecadores, y la música celestial de la proclama “el justo vivirá por la fe” llenó de gozo y gratitud el corazón de muchos hombres y mujeres en Europa. Pero, juntamente con esta panorámica de liberación espiritual, se desarrolló también entre creyentes y grupos de diferentes tendencias y opiniones doctrinales, un fenómeno tenebroso de actitudes y reacciones emotivas y de talante religioso de censurable carnalidad y virulencia. Disipadas las tinieblas por la luz del evangelio, al no poder las fuerzas del mal prevalecer sobre la verdad del mensaje bíblico, Satanás se cebó con inusitada agresividad sobre los sentimientos de muchos hijos de la Reforma, en los que logró concitar radicales actitudes de talante intolerante. Satanás podía infundir –y, de hecho, así lo hizo– un sentimiento de falso celo por la doctrina, y suscitar, bajo pretextos de defensa de la misma, actitudes agresivas de censura y condena hacia aquellos de credos o ideas discrepantes. La doctrina puede ser bíblicamente sana, pero los portavoces de la misma pueden ensombrecerla e incluso negarla con sus actitudes contrarias al más elemental espíritu de tolerancia evangélico y de caridad cristiana.

David Estrada

Me debo guardar como del fuego de perseguir a algún hombre, pretendiendo servir con esto a Dios, por sus ideas.

Juan de Valdés

¡Ay de nosotros, miserables! ¿Y qué condenación y juicio de Dios acumulamos sobre nuestras cabezas cuando predicamos a los soldados que dejen las armas, que vivan en paz y no inquieten a los ciudadanos y, sin embargo, tenemos en nuestros escritorios todas las armas afiladas, las saetas envenenadas, para lanzarlas contra aquellos que no adoptan enteramente nuestros consejos y opiniones? ¿No sería mejor, habiendo invocado el nombre del Señor, tratar amablemente los asuntos del avance de su gloria, que no hacernos la guerra con los dardos de nuestra pluma, los cuales son más peligrosos e incurables? No hemos sido bautizados en el nombre de Lutero, Zwinglio o Calvino, sino en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y, por eso, nuestro obrar ha de ser completamente diferente.

Antonio del Corro

Sí, sí, escribimos mucho. Llenamos muchos libros y escritos de injurias contra el papa, cardenales, obispos, sacerdotes y monjes. ¿Somos tan olvidadizos, que no nos acordamos de lo que hemos sido? ¿No tenemos memoria de que no hace tantos años estábamos en la misma pocilga cenagosa? Y, si el Señor por su bondad nos ha sacado de ahí, mostrando los tesoros de su misericordia hacia nosotros, ¿es por esto que debemos injuriar, burlarnos, ultrajar a aquellos que todavía permanecen allí de donde nosotros salimos? ¿No sería mejor darles la mano para sacarlos fuera, exhortarlos benignamente a que reconozcan el miserable estado en el que están, puesto que jamás por la vía en la que estamos será posible ganarles el corazón? ¡Ojalá que conociéramos lo que nos falta para ser doctores del evangelio! Porque el conocimiento de nuestra ignorancia nos impulsaría a querer aprender, más bien que a hacer de inquisidores y censores de la fe.

Antonio del Corro

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