El contentamiento cristiano

Como ya anunciamos la semana pasada, vamos a suspender temporalmente la publicación de citas puritanas, por falta de tiempo para traducir. Sin embargo, intentaremos seguir publicando textos diversos que puedan ser de edificación para nuestros lectores. En esta ocasión, ofrecemos un sermón que ya publicamos en nuestra antigua página web y que ahora volvemos a poner a vuestra disposición. Se trata de una profunda y espiritual reflexión sobre el contentamiento cristiano, un deber tan difícil y, a la vez, tan importante para el creyente. Este sermón fue predicado por el joven pastor escocés Andrew Gray, que a muy temprana edad llamó Dios a su presencia. 

 

Entre los cristianos suele darse un error muy común: se trata de colocar la práctica de la religión en los deberes que se consideran más altos y sublimes, según su propia estimación, tales como la fe, la esperanza y la oración, y se infravalora la práctica de otros considerados de menor rango, tales como el contentamiento, morir al mundo y la caridad con el pobre, los cuales no se ven como muy esenciales para ser cristiano.

Seguro que si alguno de vosotros hubiese estado escuchando al apóstol Santiago cuando trataba la cuestión de en qué consiste la verdadera religión, pensaría que se iba a referir a alguna cosa profunda y sublime, pues ¿en qué si no había de consistir la religión pura y sin mácula delante del Dios y Padre? Creedme, hermanos, que la religión consiste más en práctica que en especulación, más en obediencia que en nociones refinadas y sutiles. Santiago, sin embargo, nos muestra en qué consiste: guardarse sin mancha del mundo y visitar al necesitado, es decir, practicar la caridad con el pobre (precisamente esos dos deberes tan devaluados). Y os digo más: esos deberes, que se consideran sin importancia, serán la base sobre la que Cristo juzgará a vivos y muertos en el día de su venida. Y los santos serán aprobados conforme al cumplimiento de estos deberes, tan poco apreciados y fastidiosos. Haber cuidado a los pobres: esa será la base de la bienaventuranza eterna, y también la base de la reprobación del impío. Todo esto tiene mucho que ver con el tema que nos ocupa.

Pablo dice que la piedad con contentamiento es gran ganancia. Por la fe un cristiano disfruta de Dios, por el amor disfruta de su prójimo, y por el contentamiento disfruta de sí mismo. Tenemos que confesar que es una lección de lo más difícil y misterioso para un cristiano poder decir, sea cual sea la situación que le haya tocado: “Es buena cosa para mí estar aquí. Me haré aquí un tabernáculo”.

Normalmente sentimos gran deseo de salir de lo que tenemos (no estamos contentos). Salomón menciona tres cosas que no se sacian y cuatro que nunca dicen “¡basta!”: el sepulcro, la matriz estéril, la tierra que nunca se llena de agua y el fuego. A estas cuatro podríamos añadir una quinta, pues la mayoría de los hombres no están contentos con su situación (lo cual no es extraño, ya que tienen unos deseos ilimitados, por lo que se encuentran con grandes frustraciones). Es evidente que si se tienen unos deseos desorbitados y excéntricos, se tendrán grandes esperanzas (¡y grandes frustraciones!). Esto indica que será de mucha ventaja reducir las fantasías y las imaginaciones a cosas más realistas. Como alguien ha dicho: “Es la riqueza mayor ser pobre en deseos y estar contentos donde el Señor nos haya colocado”.

Podemos contemplar tres cosas bajo las cuales le será difícil al cristiano obtener contentamiento y satisfacción:

La pérdida de su ídolo favorito y de su deseo y concupiscencia dominantes (sobre todo si estos se cubren con el velo y la apariencia de virtud). Por ejemplo: si uno se da a la búsqueda del aplauso y la aceptación del mundo, no habrá nada tan difícil para obtener contentamiento como la pérdida de ese reconocimiento. A veces la providencia hace que algunas concupiscencias queden fuera de nosotros: se puede decir que han muerto respecto a nosotros, pero nosotros no hemos muerto respecto a ellas. Cuando esto ocurre, las concupiscencias (a veces disfrazadas de virtud y celo por la gloria de Dios) que han quedado vivas en nosotros, se sientan y lamentan ante la tumba de sus compañeras, pidiendo que resuciten y salgan de la misma. ¿Cómo podéis creer si buscáis la gloria los unos de los otros? (cf. Jn. 5:44). Difícilmente se puede ejercitar la verdadera fe cuando se está buscando la gloria y el aplauso del mundo.

Otra situación en que es muy difícil tener contentamiento es en la permanencia y constancia de la aflicción. A veces, cuando un cristiano se encuentra por primera vez con su cruz, la saluda y abraza confesando que es algo que tiene que llevar, pero cuando la cruz no se aleja, sino que refuerza su presencia y peso, la boca se llena de gritos de desesperación. Esto es lo que le ocurrió a Job. Cuando se encontró con su cruz al principio, la recibió con eminente contentamiento: ¡Bendito sea el nombre del Señor! Mas cuando estuvo postrado durante meses de vanidad, en el quebranto de encadenadas noches de sufrimiento, le oímos exclamar: ¡Mejor es la muerte que la vida! En tales circunstancias, lo aconsejable es meditar en las grandes e inmensas promesas de nuestro Dios. Subid al monte y contemplad la riqueza de esperanzas que se observan en el horizonte. Estudiad la forma en que podáis siempre sellar en vuestro corazón esta conclusión: Él hace todas las cosas bien.

La tercera situación bajo la cual es muy difícil el contentamiento es la pobreza y carencia de los bienes materiales de este mundo. Alguien que conocía bien su corazón y sabía su indisposición para llevar esa cruz (cf. Proverbios) pide que el Señor no le dé pobreza, no sea que robe y blasfeme el nombre de su Dios.

Es cierto que ejercitar nuestra fe en Dios para recibir las misericordias que se consideran más comunes, es más difícil que ejercitarla en nuestra salvación eterna y pertenencia a Cristo. El ejercicio de la fe en Dios en las cosas cotidianas es un campo de grandes contradicciones y dificultades. Y me podéis creer que no es cosa de poca dificultad para un cristiano tener confianza en Dios cuando es reducido a la miseria y carencia, no tanto ya en relación a su salvación como a los asuntos más comunes de este mundo.

Por otra parte, a los que murmuran y se quejan en estados así, corresponde que pongan su mirada en quien siendo heredero de todo, sin embargo, no tenía dónde recostar su cabeza. Y que miren a esa gran nube de testigos que ya han obtenido esa preciosa y sublime posesión, quienes tuvieron que vagar por las cuevas y cavernas de la tierra, y vestirse con pieles de ovejas y cabras. Ahora estás como extranjero y solo eres rico en esperanza y expectación, lo cual te puede consolar cuando no seas rico en posesiones materiales. En cualquier caso, siempre podemos decir que un cristiano que tiene a aquel que es todo en todos, debe contentarse con todo en toda situación.

Lo que diré a continuación de esta divina cualidad del contentamiento, además de lo que ya dijimos en el sermón del otro día, tiene que ver con la dificultad de lograr el contentamiento en cualquier situación en que hayamos sido colocados, y esto lo encontramos, precisamente, en las palabras “he aprendido”. Es decir, Pablo fue en alguna ocasión concreta ignorante de esta misteriosa lección del contentamiento divino, pero recibió la instrucción de aquel que es el Príncipe de los pastores. Cuando Pablo se examinó y se conoció a sí mismo, entonces aprendió el camino del contentamiento. Efectivamente, examinándonos podemos ver nuestra miseria y pecado, y tenemos que concluir que es asombroso que no nos vayan las cosas tan mal. Confesaremos que es asombroso que el Señor no nos consuma y corte de su presencia. Tanto tiempo como se ocupa en conocer e investigar a los demás, el pecador, o el cristiano, debería poner los ojos más sobre sus propias miserias y rebeliones. Mal le irá al pájaro que presume de poder ver el lejano horizonte pero no alcanza a ver su propio nido.

Quiero señalar dos elementos muy importantes en la consecución del verdadero contentamiento: me refiero a la fe y el amor. Si no se ejercitan ambos, no brotará el contentamiento. La fe nos dice que Cristo es nuestro; la fe es la gracia que mejor interpreta las actuaciones de Dios para con nosotros. Nunca se conoce que la fe haya traído una mala referencia contra las obras de Dios. Y del amor, ¿qué no podrá decirse como fuente del contentamiento? El amor todo lo sufre, todo lo soporta; el amor no piensa el mal; el amor solo desea al Ser amado, y solo le entristece la ausencia de ese Ser amado.

Para llegar al contentamiento cristiano es necesario pasar por la gracia de la mortificación de todas las vanidades del mundo. ¿Cómo vas a estar satisfecho y contento si tu corazón está en las vanidades de Egipto? Solo cuando el mundo me es crucificado a mí y yo al mundo (véase Gálatas), avistamos la tierra prometida de la satisfacción y el contentamiento.

Tengo que apuntaros, hermanos, otro impedimento para alcanzar el contentamiento. Me refiero al orgullo o la soberbia. Hasta que este ídolo innato y connatural no se ha abandonado, no se puede entrar en el templo del contentamiento. La frustración, el desencanto y el descontento tienen un pacto con el orgullo y la altivez que es indisoluble. Donde esté lo uno estará lo otro. El cristiano que se ha librado de esa tiranía, reposado en los brazos de la humildad, cae al suelo postrado y cierra su boca, llevando su yugo en silencio al considerar: Porque el Señor así lo quiso. La alabanza del contentamiento nunca puede salir del grito de la soberbia.

Paso ahora a mencionaros algunos de los factores que deben impulsaros a buscar este contentamiento:

Esta es una gracia que acompaña a la fe, la humildad, la paciencia, la esperanza y la mortificación. Se puede decir que el contentamiento es el resultado de todas ellas resumidas en una. Una gran cosa tiene que ser el contentamiento cristiano cuando recibe su carácter de tales gracias. La primera ventaja que un cristiano encuentra en el contentamiento, aun en las situaciones más adversas, es que recibe más dulcemente la comunión y presencia de Dios. La promesa “no te dejaré ni te desampararé” suena más dulce y cercana. Es imposible para un cristiano descontento orar en alabanza bajo la cruz, pues carece del requisito divino para ello: elevar manos sin ira.

Otro aspecto es que el cristiano sin contentamiento obstruye las ventajas de la cruz para su crecimiento. Un cristiano descontento no recibe ningún beneficio de su cruz. El ejercicio de la humildad, el de la oración y el de morir al mundo quedan mermados y secos por el descontento. El descontento es la madre del orgullo y la soberbia, y alimenta estos pecados con gran eficiencia. El contentamiento, por contra, es el campo de la humildad, donde se refresca cada día. Igualmente puede decirse del morir al mundo y conformarse a Dios. Ciertamente un cristiano descontento no puede avanzar en la mortificación de sus pasiones y deseos. Es más: puede decirse que una sola hora de descontento echa por tierra días de esfuerzo contra el pecado. ¡Qué importante es que busquemos esta gracia! ¡Qué lejos puede llevar el descontento y la falta de conformidad con la voluntad de Dios! El templo de la oración queda muy distante. Hasta que montes en el caballo de la conformidad no podrás acercarte a Él. La oración no puede engendrarse en la esterilidad del descontento. Cuando Dios te envía una cruz, su finalidad, entre otras, es enseñarte a orar, pero el descontento te priva de ese beneficio. Al final, te quedarás con la cruz, con la falta de satisfacción y sin frutos positivos. ¡Qué importante es que busques la gracia de contentarte con los caminos del Señor!

Considerad otro argumento para que busquéis esta gracia: el contentamiento impide muchas tentaciones y confusiones. Muchos se han desviado y han sido traspasados de muchos males y dolores porque no se quedaron en la quietud de su lugar. No conozco de otro pecado que produzca tantos males. La falta de contentamiento está en el inicio mismo de los males de la humanidad. ¡Cuántos caminos torcidos se han tomado por la falta de satisfacción en el Señor! ¡Qué absurdos pensamientos ha engendrado! Aun el salmista llega a decir: “En vano he limpiado mi corazón”. La cruz misma, con esta gracia del contentamiento, se hace más llevadera. Su carencia agrava el yugo, por lo que se puede decir que el murmurador aumenta el peso de su frustración. La murmuración contra Dios no soluciona nada y sí complica más la situación. Cuanto más alto se levante el puño contra Dios, más daño produce la aflicción. Sin embargo, llevándola de rodillas en humildad se hace más fácil y ligera.

Finalmente, que esta exhortación llegue, de manera especial, a los que tienen una vida con aparente ausencia de aflicción y conflicto, es decir, a los que tendrían que estar contentos y satisfechos. Es el caso que estos, en muchas ocasiones, son los que menos satisfacción muestran. Creedme: No hay nadie más disconforme que quien tiene más motivos para contentarse. Nunca se sacian. Nunca dicen: ¡Basta! Que nadie se engañe: la causa del descontento siempre es algo en relación con Dios, nunca en relación con las cosas de aquí abajo. La prueba la tenéis en aquellos que os dicen que, en cuanto alcancen la situación cuya carencia consideran la causa de su descontento, entonces tendrán gozo y satisfacción. ¿Qué ocurre con estas personas? Pues que si llegan a obtener lo que buscan, siguen igual de descontentos, infelices y amargados. Se dice de Alejandro Mago que, al contemplar que ya no tenía más reinos que conquistar, se echó a llorar desconsolado. Creedme: Si no podéis obtener satisfacción y contentamiento ahora en vuestra situación presente, tampoco los obtendréis cuando esta sea mejor. Pretender algo así no es más que el engaño de Satanás.

Hermanos, estudiad bien este asunto. El contentamiento es el vestido de gala de la gloria celestial; es traer el cielo a la tierra; porque ¿en qué consiste la felicidad celestial sino en el gozo y satisfacción del alma? Aprendamos ahora a vivir como vivos de entre los muertos. El tiempo presente es corto. Consolémonos con la eternidad que ya está a la mano. Que ese precioso día venga y todos los demás no sean ya más.

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