La falibilidad de los ministros (III)

Ponemos a disposición de nuestros lectores la parte final del artículo de Ryle que comenzamos a publicar hace un par de semanas. Se trata de la tercera lección que el autor extrae del episodio acaecido en Antioquía entre Pablo y Pedro. En concreto, el obispo de Liverpool pone el foco en la doctrina de la justificación por la fe, que los creyentes debemos defender a toda costa, como el fundamento sobre el que descansa nuestra fe. Una religión en la que el ser humano tenga la más mínima gloria, el más mínimo protagonismo, la más mínima obra de la que jactarse, es una religión humana que está avocada al fracaso. La fe bíblica rechaza todo esto como basura para gloriarse únicamente en la cruz de Cristo (cf. Fi. 3:8-9).

III. Sed celosos por la doctrina de la justificación por la fe

Paso ahora a la tercera lección de Antioquía: No hay doctrina por la que debiéramos ser tan celosos como la doctrina de la justificación por la fe, sin las obras de la ley.

La evidencia de esta lección aparece claramente en el texto bíblico que encabeza este estudio. ¿Qué artículo de fe había negado Pedro en Antioquía? Ninguno. ¿Qué falsa doctrina había predicado públicamente? Ninguna. Entonces, ¿qué era lo que había hecho? Había hecho lo siguiente: Después de haber estado en compañía de los creyentes gentiles como “coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio” (Ef. 3:6), de repente comenzó a espantarse de ellos y a hacerse a un lado. Parecía pensar que eran menos santos y aceptables ante Dios que los judíos circuncidados. Daba la impresión de querer decir que los creyentes gentiles se hallaban en un grado de espiritualidad inferior que los que habían guardado las ceremonias de la ley de Moisés. En resumen, parecía agregar algo a la simple fe para que el hombre fuera aceptado por Jesucristo. Daba la impresión de responder a la pregunta: “¿Qué debo hacer para ser salvo?”, no meramente con: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa”, sino con la expresión: “Cree en el Señor Jesucristo, y sé circuncidado y guarda las ceremonias de la ley”.

Una conducta como esta no iba a ser tolerada por el apóstol Pablo ni un momento. Nada lo conmovía más que la idea de añadir algo al evangelio de Cristo. “Le resistí” –dice—“cara a cara”. No solo le reprendió, sino que registró el incidente en su totalidad cuando, por inspiración del Espíritu Santo, escribió la Epístola a los Gálatas.

Les invito a que presten especial atención a este punto. Pido a los hombres que observen el enorme celo que el apóstol Pablo muestra respecto a esta doctrina, y que consideren la razón por la que se creó un debate. Notemos en este pasaje de las Sagradas Escrituras la inmensa importancia de la justificación por la fe sin las obras de la ley. Aprendamos aquí cuáles fueron las poderosas razones que los reformadores de la Iglesia Anglicana tuvieron para denominar esta doctrina, en nuestro Artículo Undécimo, “la doctrina más saludable y llena de consuelo”.

a) Esta es una doctrina esencialmente necesaria para nuestro consuelo personal. Nadie en la tierra es un verdadero hijo de Dios y un alma salva hasta no ver y recibir la salvación por la fe en Cristo Jesús. Nadie tendrá jamás una paz sólida y una auténtica seguridad hasta que abrace con todo su corazón la doctrina por la cual “somos tenidos por justos en base a los méritos de nuestro Señor Jesucristo, por la fe, y no pos nuestras propias obras y merecimientos”. Una razón –creo yo—por la cual tantos maestros en nuestros días son perturbados, disfrutan de poca tranquilidad y sienten poca paz, es su ignorancia en este punto. No ven claramente la justificación por la fe sin las obras de la ley.

b) Esta es la doctrina que el gran enemigo del alma aborrece y trabaja para trastornarla. Él sabe que revolucionó al mundo al mismo inicio del evangelio, en los días de los apóstoles; sabe que volvió a hacerlo en los días de la Reforma; y, por eso, siempre está tentando a los hombres a rechazarla; siempre está buscando seducir a las iglesias y a los ministros para que nieguen u oscurezcan la verdad de esta doctrina. No sorprende, por tanto, que el Concilio de Trento dirigiera su principal ataque contra esta doctrina, y la declarara maldita y herética. Tampoco causa asombro que muchos que se piensan eruditos denuncien en nuestros días esta doctrina como jerigonza teológica, y afirmen que “todas las personas de buena fe” son justificadas por Cristo, ¡tengan fe o no! En verdad, la doctrina de la justificación es pura hiel y ajenjo para los corazones incrédulos. Satisface las necesidades del alma que ha sido despertada; pero el hombre orgulloso que no se humilla, ni reconoce su propio pecado, ni ve su propia debilidad, no puede recibir la verdad de esta doctrina.

c) La ausencia de esta doctrina explica la mitad de los errores de la Iglesia Católica Romana. La causa de la mitad de los errores antibíblicos de los papistas puede hallarse en su rechazo de la justificación por la fe. Ningún maestro romanista, si es fiel a su Iglesia, puede decir al pecador ansioso: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo”. No puede hacerlo sin adiciones y explicaciones, las cuales destruyen completamente las buenas nuevas. No se atreve a dar la medicina del evangelio sin añadir algo que destruya su eficacia y neutralice su poder. El purgatorio, la penitencia, la absolución sacerdotal, la intercesión de los santos, la adoración de la Virgen y otros muchos favores humanos del papismo provienen todos de esta fuente. Son todos soportes podridos para sostener conciencias cansadas; y, sin embargo, con la negación de la justificación por la fe, los colocan como necesarios.

d) Esta es una doctrina absolutamente esencial para el éxito de un ministro entre su gente. La falta de claridad en este punto lo daña todo. La ausencia de afirmaciones claras sobre la justificación impedirá que el mayor celo posible logre hacer ningún bien. Puede haber mucho de agradable y lindo en los sermones de un ministro, mucho sobre Cristo y la unión sacramental con Él, sobre la negación de uno mismo, la humildad, el amor…, pero todo esto será de poco provecho si su trompeta da un sonido incierto sobre la justificación por la fe sin las obras de la ley.

e) Esta doctrina es absolutamente esencial para la prosperidad de una iglesia. Ninguna iglesia en la que no se exponga claramente esta doctrina, será saludable. Una iglesia puede tener buena organización, ministros siempre ordenados y los sacramentos adecuadamente administrados, pero no verá conversiones de almas bajo sus púlpitos si esta doctrina no se predica plenamente. Pueden tener escuelas en cada parroquia e impresionantes templos por doquier, pero no habrá bendición de Dios sobre tal iglesia a menos que la justificación por la fe sea proclamada desde sus púlpitos. Tarde o temprano su candelero será quitado de su lugar…

f) Si esto es así, bien puede Pablo mostrarse celoso y resistir a Pedro cara a cara. Muy bien puede sostener la idea de que todo debería sacrificarse antes que poner en peligro la doctrina de la justificación en la Iglesia de Cristo. Vio las cosas venideras con un ojo profético y nos dejó un ejemplo que haríamos bien en seguir. Cualquier cosa que toleremos, no permitamos que se haga ningún daño a esta bendita doctrina: que somos justificados por la fe sin las obras de la ley. Estemos siempre prevenidos contra cualquier enseñanza que, directa o indirectamente, quite brillo a la justificación por la fe. Todos los sistemas religiosos que colocan algo que no sea la simple fe entre Jesús y el cargadísimo pecador, son peligrosos y antibíblicos. Todos los sistemas que convierten la fe en algo complicado, algo que no es sencillo, algo diferente a la dependencia de un niño, algo distinto al sentimiento de una mano que recibe la medicina para el alma de parte del médico, son sistemas venenosos e inseguros. Todos los sistemas que desacreditan la simple doctrina protestante que derrocó el poder de Roma, llevan consigo la mancha de una plaga y son peligrosos para las almas…

Cuando oigamos enseñanzas que obnubilen o contradigan la doctrina de la justificación por la fe, podemos estar seguros de que falta una pieza en algún sitio. Deberíamos velar contra tal enseñanza y estar en guardia. Una vez que la persona se equivoca en cuanto a la justificación, tendrá que despedirse de la seguridad, de la paz, de la viva esperanza y de cualquier cosa parecida a la certeza en su cristianismo. Un error en esto es como tener un gusano en la raíz.

En conclusión

En conclusión, permitidme, para empezar, que pida a todo el que lee esta publicación, que se arme de un conocimiento sólido de la Palabra de Dios escrita. A menos que hagamos esto, estaremos a merced de cualquier falso maestro, no veremos los errores de un Pedro que se equivoca, no seremos capaces de imitar la fidelidad de un Pablo lleno de valentía. Un laico ignorante será siempre funesto para una iglesia, pero un laico que lee la Biblia puede salvar a una iglesia de la ruina. Leamos siempre la Biblia, diariamente y con fervorosa oración, y hagamos que su contenido se nos vuelva familiar. No recibamos nada, no creamos nada, no sigamos nada que no esté en la Biblia ni pueda ser probado con la Biblia. Que la Palabra escrita de Dios sea nuestra regla de fe, nuestra piedra de toque para toda enseñanza…

En segundo lugar, suplico a todos los que leen este artículo que estén siempre prontos a contender por la fe de Cristo, si es necesario. No recomiendo a nadie que fomente una actitud controvertida, ni deseo que sea como Goliat subiendo y bajando mientras grita: “Escoged de entre vosotros un hombre que venga contra mí”. Realmente, estar siempre alimentando la controversia es algo bajo, como alimentarse de huesos. Pero también debo decir que ningún amor a una falsa paz debería impedir que luchemos celosamente contra la falsa doctrina, y que procuremos promover la verdadera hasta donde nos sea posible. El verdadero evangelio en el púlpito, el verdadero evangelio en las misiones que apoyamos, el verdadero evangelio en los libros que leemos, el verdadero evangelio en los amigos que nos acompañan –que sea esta nuestra meta y que nunca nos avergoncemos de que lo vean los demás.

En tercer lugar, ruego a todos los que leen este artículo que mantengan una celosa vigilancia sobre sus propios corazones en estos tiempos de controversia. Hay mucha necesidad de esta advertencia. En el fragor de la batalla, podemos olvidarnos de nuestro propio hombre interior. Vencer en discusiones no siempre significa victoria sobre el mundo o el diablo. Que la mansedumbre de Pedro, al recibir la reprobación, sea tan buen ejemplo para nosotros como la osadía de Pablo al reprobarlo. Feliz el cristiano que puede llamar a quien lo reprende “amado hermano” (2 P. 3:15). Luchemos por ser santos en toda relación nuestra, y especialmente en cuanto a nuestro mal genio. Trabajemos por mantener una comunión ininterrumpida con el Padre y con el Hijo, siendo constantes en los hábitos de la oración privada y la lectura bíblica. Así estaremos armados para la batalla de la vida, y tendremos la espada del Espíritu bien asida en nuestra mano cuando venga el día de la tentación.

Finalmente, suplico a todos los miembros de la Iglesia Anglicana, que saben lo que es la verdadera oración, que oren diariamente por la iglesia a la que pertenecen. Roguemos que el Espíritu Santo sea derramado sobre ella y que su candelero no sea quitado de su lugar. Oremos por las iglesias en las que ahora no se predica el evangelio, que pasen pronto las tinieblas y que la verdadera luz brille sobre ellas. Oremos por los ministros que aún no conocen ni predican la verdad, para que Dios quite el velo de sus corazones y les muestre un camino más excelente. Nada es imposible: Pablo, el apóstol, fue una vez un fariseo perseguidos; Lutero fue una vez un monje sin la verdadera luz; el obispo Latimer antes fue un papista fanático; Thomas Scott antes era totalmente opuesto a la verdad evangélica. Nada –repito—es imposible. El Espíritu puede hacer que los ministros prediquen el evangelio que ahora luchan por destruir. Estemos siempre listos en oración.

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