La falibilidad de los ministros (I)

Una semana más, tenemos el placer de publicar una nueva entrada en nuestro blog. En esta ocasión, nos ha parecido de sumo interés rescatar un capítulo de la obra Warnings to the Churches, del obispo anglicano John Charles Ryle. El autor extrae tres importantes lecciones del episodio acaecido en Antioquía entre los apóstoles Pedro y Pablo. Puesto que el capítulo es considerablemente extenso, hemos optado por dividirlo en tres partes. El lector podrá acceder ahora a la primera de ellas, que esperamos le sea de gran edificación.

“Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar. Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión.  Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos. Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a Pedro delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar? Nosotros, judíos de nacimiento, y no pecadores de entre los gentiles, sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado”. (Ga. 2:11-16).

¿Hemos considerado alguna vez lo que el apóstol Pedro hizo en Antioquía? Este es un asunto que merece seria consideración. Los seis versículos del texto que tenemos ante nosotros son impresionantes por muchas razones. Son impresionantes si consideramos la situación que describen: ¡aquí tenemos a un apóstol reprendiendo a otro! Son impresionantes cuando pensamos en quiénes son los dos hombres: ¡Pablo, el más joven, reprende a Pedro, el anciano! Los versículos son también impresionantes cuando observamos la ocasión: no era una falta deslumbrante, no era un pecado escandaloso o enorme. A primera vista, ¡lo que Pedro había cometido no era nada de eso! No obstante, el apóstol Pablo dice: “Le resistí cara a cara, porque era de condenar”. Y todavía va más allá: reprueba públicamente el error de Pedro delante de toda la Iglesia de Antioquía. Y, para remate, escribe un relato del asunto, que ahora puede leerse en doscientos idiomas en todo el mundo.

Creo firmemente que el Espíritu Santo desea que prestemos gran atención a este texto de las Sagradas Escrituras. Si el cristianismo fuera un invento humano, nunca se habrían registrado situaciones como esta. Un impostor, como Mahoma, habría echado tierra sobre este desacuerdo entre los dos apóstoles. Pero el Espíritu de verdad hizo que estos versículos se escribieran para nuestra amonestación, y haremos bien en prestarles toda nuestra atención.

Hay tres grandes lecciones que podemos sacar de este incidente de Antioquía:

  • La primera lección es: Grandes ministros cometen grandes errores.
  • La segunda lección es: Mantener la verdad de Cristo en su Iglesia es más importante que mantener la paz.
  • La tercera lección es: No hay doctrina sobre la cual debiéramos ser tan celosos como la doctrina de la justificación por la fe, sin las obras de la ley

I. Los grandes ministros cometen grandes errores

La primera gran lección que aprendemos de Antioquía es que los grandes ministros cometen grandes errores.

¿Qué prueba más clara podemos tener que la que coloca pone ante nosotros este texto? Pedro era, sin duda, uno de los más importantes del grupo de los apóstoles. Era un discípulo antiguo, un discípulo que había recibido ventajas y privilegios particulares. Había sido un compañero constante del Señor Jesús. Lo había oído predicar, lo había visto realizar milagros, había disfrutado el beneficio de su enseñanza privada, había sido contado entre sus íntimos amigos, y había entrado y salido con Él durante todo el tiempo que ministró sobre la tierra. Fue el apóstol al que se le entregaron las llaves del reino, las cuales por su mano fueros usadas por primera vez. Fue el primero que abrió la puerta de la fe a los judíos, predicándoles el día de Pentecostés. Fue el primero que abrió la puerta de la fe a los gentiles, yendo a la casa de Cornelio y recibiéndolo en la Iglesia. Pedro fue el primero en levantarse en el Concilio de Hechos 15 y decir: “Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar?”. Y aquí vemos a este mismo Pedro, a este mismo apóstol, caer tan claramente en un gran error. El apóstol Pablo nos dice: “Le resistí cara a cara”. Nos dice que “era de condenar”. Nos declara que Pedro “tenía miedo de los de la circuncisión”. Añade que Pedro y sus compañeros “no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio”. Y habla de la “simulación” de ellos. Afirma que, por esta simulación, hasta Bernabé, su antiguo compañero de trabajos misioneros, fue “también arrastrado”.

¡Qué cosa tan impresionante! ¡Este es Pedro, Simón Pedro! Este es el tercer error de él que el Espíritu Santo consideró que debía registrarse. Ya una vez lo encontramos intentando detener a nuestro Señor, mantenerlo todo lo lejos que pudiera de la gran obra de la cruz, y fue severamente reprendido. Después lo hallamos negando al Señor tres veces, y ello bajo juramento. Aquí, nuevamente, lo vemos poniendo en peligro la preeminente verdad del evangelio de Cristo. De cierto, podemos decir: “Señor, ¿qué es el hombre para que de él te acuerdes?”.

Todo esto está aquí con la intención de enseñarnos que hasta los apóstoles, cuando no escribían bajo la inspiración del Espíritu Santo, a veces eran inclinados al error. Este incidente se registró con la intención de enseñarnos que los mejores hombres son débiles y falibles mientras están en el cuerpo. A menos que la gracia de Dios los detenga, cualquiera de ellos puede extraviarse en cualquier momento. Esto es algo muy humillante, pero es muy cierto. Los verdaderos cristianos son convertidos, justificados y santificados, son miembros vivos de Cristo, amados hijos de Dios, y herederos de la vida eterna. Son electos, escogidos, llamados y preservados para salvación. Tienen el Espíritu, pero no son infalibles.

¿Acaso la posición y dignidad no confieren infalibilidad? No, ¡no la dan! No importa cómo se llame: puede ser zar, emperador, rey o príncipe. Puede ser papa o cardenal, arzobispo u obispo, deán o archidiácono, sacerdote o diácono, y aún así, es un hombre falible. Ni la corona, ni la diadema, ni el aceite de la unción, ni la mitra, ni la imposición de manos pueden impedir que un hombre cometa errores.

¿Acaso los números no confieren infalibilidad? No, ¡no la dan! Puedes reunir a príncipes por montones y a obispos por centenares, pero cuando estén congregados, son todavía susceptibles de errar. Puedes llamarlos concilio, asamblea, conferencia o como quieras. No importa, sus conclusiones seguirán siendo conclusiones de hombres falibles. La sabiduría colectiva también puede cometer enormes errores. Bien dice el Artículo 21 de la Iglesia de Inglaterra (la Iglesia Anglicana): “Los Concilios Generales pueden errar, y a veces se han equivocado, aun en las cosas pertenecientes a Dios”.

El ejemplo del apóstol Pedro en Antioquía es uno de esos errores que no permanecen aislados. Tiene parangón con otros muchos casos que se hallan escritos, para nuestra enseñanza, en la Biblia. ¿Recordamos al padre de la fe, Abraham, siguiendo el consejo de Sara y tomando por esposa a Agar? ¿Recordamos a Aarón, el primer sumo sacerdote, escuchando a los hijos de Israel y haciendo un becerro de oro? ¿No recordamos a Natán, el profeta, diciéndole a David que construya un templo? ¿No nos acordamos de Salomón, el más sabio de todos los hombres, permitiendo que sus esposas edificasen sus lugares altos? ¿Nos olvidamos de Asa, el buen rey de Judá, quien en vez de procurar al Señor, buscó a los médicos? ¿No recordamos a Josafat, el rey bueno, descendiendo para ayudar al impío Acab? ¿Podemos olvidarnos de Ezequías, otro rey bueno, recibiendo a los embajadores de Babilonia? ¿No nos acordamos de Josías, el últimos de los reyes piadosos de Judá, saliendo para luchar con el faraón? ¿Nos olvidamos, acaso, de Santiago y Juan cuando desearon que cayera fuego del cielo? Estos acontecimientos merecen ser recordados, pues no se escribieron sin razón, y gritan en alta voz: “¡No hay infalibilidad!”.

Esta es una lección que todos necesitamos. Todos tenemos la inclinación natural a apoyarnos en hombres a los cuales podemos ver, en vez de hacerlo en Dios, a quien no vemos. De manera natural, nos encanta confiar en los ministros de la Iglesia visible, en vez de apoyarnos en el Señor Jesucristo, el Gran Pastor, Obispo y Sumo Sacerdote, que es invisible. Necesitamos que se nos advierta continuamente sobre esto, y que estemos prevenidos.

En todas partes veo esta tendencia a apoyarse en el hombre. No conozco ni una rama de la Iglesia protestante de Cristo   que no necesite que se le advierta sobre esto. Es una trampa, por ejemplo, para el anglicano inglés hacer ídolos del obispo Pearson y el “Juicioso Hooker”. Para el escocés presbiteriano, la trampa está en depositar su fe sobre John Knox, los pactistas y el Dr. Chalmers. Para los metodistas de nuestros días, el lazo puede ser adorar la memoria de John Wesley. Para el independiente, el riesgo está en no ver un solo fallo en ninguna opinión de Owen y Dodderidge. La trampa para el bautista está en exagerar la sabiduría de Gill, Fuller y Robert Hall. ¡Todas estas son trampas, y cuántos caen en ellas!

A todos nos encanta, naturalmente, tener nuestro propio papa. Somos muy propensos a pensar que porque algún gran ministro o algún hombre erudito dice algo, o nuestro propio pastor –a quien amamos—afirma algo, debe de ser correcto, sin examinar si está en la Biblia o no. La mayoría siente aversión a pensar por sí mismo. Le gusta más seguir a un líder. Son como ovejas: cuando una cae en el hoyo, el resto la sigue. Aquí en Antioquía, hasta Bernabé se desvió. Bien podemos imaginar a aquellos piadosos hombres diciendo: “Un apóstol con experiencia, como Pedro, ciertamente no puede estar equivocado. Siguiéndolo, no erraremos”.

Lecciones prácticas

Y ahora veamos qué lecciones prácticas podemos aprender de este asunto.

a) De una vez por todas, aprendamos a no poner nuestra confianza, implícitamente, en la opinión de ningún hombre, solo porque vivió hace muchos cientos de años. Pedro fue un hombre que vivió en la misma época que Cristo, y aún así, se equivocó.

En nuestros días, hay muchos que hablan demasiado sobre “la voz de la Iglesia primitiva”. Según ellos, tendríamos que creer que quienes vivieron más cerca de la época de los apóstoles, desde luego debieron de saber más acerca de la verdad que nosotros. No hay base para tal opinión. Es un hecho que los escritores más antiguos de la Iglesia de Cristo frecuentemente han estado en desacuerdo. Es un hecho que, con frecuencia, cambiaban de forma de pensar y se retractaban de sus mismas opiniones anteriores. También es una realidad que muchas veces escribieron cosas ridículas y sin argumento, mostrando gran ignorancia en sus explicaciones de las Sagradas Escrituras. En vano esperaremos hallarlos libres de equívocos. La infalibilidad no se encuentra en los primeros padres de la Iglesia, sino en la Biblia.

b) Por otro lado, aprendamos a no confiar implícitamente en la opinión de ningún hombre solo porque su profesión es ser ministro. Pedro era uno de los principales apóstoles y, aún así, podía errar.

Este es un punto en el cual los hombres se han desviado continuamente. Es la piedra en la que tropezó la Iglesia primitiva. Los humanos se adhirieron rápidamente al dicho siguiente: “No hagas nada contrario a la forma de pensar del obispo”. Pero, ¿qué son los obispos, los sacerdotes y los diáconos? ¿Qué son los mejores ministros a no ser hombres –polvo, ceniza y barro–, hombres que tienen pasiones como nosotros, expuestos a tentaciones, sujetos a debilidades e inestabilidades? ¿Qué dice la Biblia? “¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor” (1 Co. 3:5). Los obispos frecuentemente han llevado la verdad rumbo al desierto, decretando ser verdadero lo que es falso. Los mayores errores fueron iniciados por ministros. Ofni y Finees, los hijos del sumo sacerdote, hicieron que los hijos de Israel aborrecieran la religión. Anás y Caifás, aunque procedían directamente de la descendencia de Aarón, crucificaron al Señor. Arrio, el gran hereje, era ministro. Es absurdo suponer que los hombres, porque son ordenados, no pueden equivocarse. Deberíamos seguirlos en tanto enseñen de acuerdo con la Biblia, pero no más allá. Deberíamos creerlos mientras digan: “Así está escrito”, o: “Así dice el Señor”; pero no ir con ellos ni un palmo más allá. La infalibilidad no se encuentra en hombres ordenados, sino en la Biblia.

c) Aprendamos, además, a no poner nuestra confianza implícita en la opinión de ningún hombre, meramente por su erudición. Pedro era un hombre que tenía dones milagrosos, y podía hablar en lenguas. Aún así, erró.

Este es, una vez más, un punto en el cual podemos equivocarnos. Esta es la piedra en la cual tropezaron muchos en la Edad Media. Los hombres veían a Tomás de Aquino, Duns Scotus, Pedro Lombardo y muchos de sus compañeros como siendo casi inspirados. En muestra de su admiración, les colocaron epítetos como “el doctor incomparable”, “el doctor seráfico”, “el doctor irrefutable”, y parecían pensar que, sin importar lo que estos doctores dijeran, lo que decían ¡debía de ser verdad! Pero, ¿qué puede ser el más erudito de los hombres si no es enseñado por el Espíritu Santo? ¿Qué es el más sabio de todos los clérigos, en su mejor expresión, sino un mero hijo de Adán, falible? El vasto conocimiento de los libros y la gran ignorancia de la verdad de Dios pueden ir juntos. Así ha sido, así es y así será en todas las épocas. Me atrevería a decir que los dos volúmenes de las Memorias y Sermones de Robert M’Cheyne han hecho más bien a las almas de los hombres que cualquier otra obra que Orígenes o Cipriano hayan escrito. No dudo de que la obra El Peregrino, escrita por un hombre que apenas conocería otro libro aparte de su Biblia, y que no sabía ni griego ni latín, mostrará en el día final haber sido más útil para el beneficio del mundo que todas las obras de los hombres de letras. Aprender es una capacidad que no debería ser despreciada. Es malo cuando los libros no son apreciados en la Iglesia. Pero también es impresionante observar cuán grandes pueden ser los logros intelectuales de un hombre y, aún así, cuán poco puede saber de la gracia de Dios. No tengo dudas de que las autoridades de Oxford del siglo pasado sabían más hebreo, griego y latín que Wesley, Whitefield, Berridge o Venn. Pero sabían poco del evangelio de Cristo. La infalibilidad no se encuentra en los hombres eruditos, sino en la Biblia.

d) Aprendamos, también, a no poner nuestra confianza implícita en la opinión de nuestro pastor, sin importar cuán piadoso pueda ser. Pedro era un hombre de muchísima gracia y, aún así, se equivocó.

Tu pastor puede ser realmente un hombre de Dios y digno de todo honor por su predicación y práctica, pero no lo conviertas en un papa. No des a su palabra la importancia de la Palabra de Dios. No lo eches a perder por medio de lisonjas. No le permitas suponer que no se equivoca. No pongas todo tu peso sobre la opinión de tu pastor, o te darás cuenta –a tu propia costa—de que puede errar. Está escrito de Joás, rey de Judá, que hizo “lo recto ante los ojos de Jehová todos los días de Joiada el sacerdote” (2 Cr. 24:2). Joiada murió, y con él murió la religión de Joás. Igualmente puede morir tu pastor y, con él, tu religión. La religión de él puede cambiar, y sucederá lo mismo con la tuya. Puede acontecer que la de él se vaya, y tu espiritualidad parta también. Nunca te sientas satisfecho con la religión edificada sobre un hombre. No te contentes con decir: “Tengo esperanza porque mi pastor me ha dicho esto a aquello”. Procura decir: “Tengo esperanza porque la hallé escrita de esta y aquella manera en la Palabra de Dios”. Para que tu paz sea sólida, debes ir por ti mismo a la fuente de toda verdad. Si quieres que tu consuelo sea duradero, debes visitar por ti mismo el pozo de la vida y sacar agua fresca para tu propia alma. Los ministros pueden desviarse de la fe. La Iglesia visible puede ser disuelta, pero aquel que tiene escrita la Palabra de Dios en su corazón, tiene bajo sus pies una base firme que jamás se conmoverá. Honra a tu ministro como a un embajador fiel de Cristo, tenlo en alta estima y amor por causa de la obra que realiza, pero nunca te olvides de que la infalibilidad no se encuentra en los ministros piadosos, sino en la Biblia.

Las cosas que he mencionado son dignas de tenerse en cuenta y de recordarse. No las olvidemos y habremos aprendido una lección de Antioquía.

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Creado a partir de la obra en http://www.iprsevilla.com.

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