Influencia de la escatología en el trabajo (II)

Ofrecemos a nuestros lectores la continuación del capítulo que iniciábamos en nuestra anterior entrada (con aquella anécdota sobre Whitefield). Hemos omitido algunos fragmentos que nos resultaban de menor interés para, así, no sobrecargar de texto estas entradas, que pretenden ser más bien breves. En dicho capítulo, básicamente se reivindica el deber del creyente de trabajar, señoreando sobre toda la creación de Dios y sometiendo toda la existencia al señorío de Cristo, para así glorificar a Dios en todas las cosas.

Este era el talante puritano y bíblico. Murray ha mostrado la importancia del mismo para la consecución de los logros puritanos. “La oportunidad de honrar a Cristo por medio del cumplimiento de nuestros deberes presentes es un privilegio que no tiene precio, y los que así estén ocupados no serán hallados con los brazos cruzados esperando su venida. Bendito el siervo que cuando regrese su Señor le halle haciendo su deber”.

Esta fe en que Dios tiene una importante labor para el hombre, que este debe hacer, estaba unida a la convicción de que lo que Dios ha hecho por nosotros puede hacerlo también por otros. La fe actual es cada vez más una fe humanista en el poder de una élite científica que será la única salvadora del hombre, con tal que el hombre reconozca su falta de capacidad y se someta a los expertos. Se sostiene que ciertas razas y clases necesitan este tipo de gobierno si quieren progresar. Pero la postura cristiana es opuesta a este planteamiento, y quedó manifestada en la Forma de Acuerdo de los misioneros bautistas –puritanos en talante y fe—que se reunieron en Serampore al comienzo de su avance misionero en la India. Así se pronunciaron: “El que elevó a los escoceses y a los brutalizados bretones para sentarlos en los lugares celestiales en Cristo Jesús, puede también levantar a estos esclavos de la superstición, purificar sus corazones por la fe y convertirlos en adoradores del único Dios en espíritu y en verdad. La promesa es del todo suficiente para despejar nuestras dudas, y hacernos anticipar el periodo no lejano en que Él deje sin compañía a todos los dioses de la India e inste a estos idólatras empedernidos a dejar sus ídolos en compañía de topos y murciélagos, renunciando para siempre a las obras de sus manos”.

Aquellos misioneros percibieron con total claridad que, por la gracia de Dios, estaban en superioridad, y era su deseo conceder tal condición a todos los hombres. Del mismo modo que sus países de origen, dados una vez al salvajismo, habían sido transformados por la gracia de Dios, todo pueblo, tribu y lengua podía y debía ser transformado, pues así Dios lo había declarado en su Palabra.

A. Hodge, de Princeton, que en sus primeros tiempos sirvió como misionero en la India, vio en el esfuerzo misionero una herida paralizante producida por el premilenarismo, pues “los misioneros con esta doctrina tienen su propio estilo. Su teoría afecta a su predicación, haciéndoles buscar exclusivamente –o principalmente—la conversión de las almas individuales. El método verdadero y eficaz es, por supuesto, para la salvación de las almas, pero no solo eso: también debe plantearse la creación de instituciones cristianas en los países paganos, los cuales –a su debido tiempo—se desarrollarán según el genio propio de esas naciones. Los misioneros ingleses no pueden esperar convertir al mundo directamente por unidades”.

Bajo la influencia del nuevo premilenarismo, “la Iglesia se consideró una institución sin futuro”. El nuevo énfasis no era trabajar, sino esperar: para los premilenarios, esperar el arrebatamiento; para los amilenarios, esperar impasibles la tribulación y el fin.

Una falacia típica de la posición premilenaria y de la amilenaria es asumir que la caída frustró de alguna manera el propósito original de Dios tal como lo estableció en el Edén. Pero Dios no puede ser frustrado. Creer tal cosa es ser humanista, y el humanismo, dondequiera que esté, debe ser estrangulado, puesto que asume que el plan del hombre puede prevalecer sobre el de Dios.

El propósito de Dios no se frustró por la caída, sino que, más bien, se manifestó en ella. Todas las cosas son aspectos del propósito y predestinación de Dios, y nada puede entenderse en términos de sí propio o del momento inmediato, sino únicamente en relación con Dios. El propósito fundamental de Dios no es la salvación del hombre –aunque esta sea una parte de sus propósitos declarados–, sino la manifestación de su gloria y propósito en y a través del hombre.

En este sentido, la caída sirvió para que los propósitos de Dios siguieran adelante. Los espinos y cardos (cf. Gn. 3:18) frustraron al hombre, pero llenaron la tierra e impidieron que el hombre la destruyera. Los imperios de ayer, los comunistas de hoy, los hombres de ciencia impíos, etc., todos creen que frustran a Dios y se mofan, pero la realidad es que todos sus esfuerzos y trabajos solo sirven para cumplir el propósito de Dios y manifestar su gloria. Los bienes y logros de sus enemigos serán almacenados para su Reino. Eso es lo que se nos asegura en Is. 60:3,5 y 11, en Is. 66:12, y en otros lugares. Del Reino de Dios se dice que “los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a él” (Ap. 21:24). El comunismo es un mal, y debemos oponernos y luchar contra su presencia entre nosotros; el humanismo también es un mal contra el que debemos pelear en todos los frentes. Pero hay que recordar, no obstante, que su nacimiento o desaparición servirán para prosperar el propósito de Dios y para el enriquecimiento de su Reino; pues nada ocurre que no favorezca en última instancia el Reino de Dios y la gloria de su pueblo en Él y para su propósito.

“Así que, hermanos mío amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Co. 15:58).

Para el hombre de Dios, tanto el trabajo como el descanso son un privilegio. Puede descansar porque tiene la seguridad de que el Dios omnipotente e infalible le ha asegurado la victoria, y que su trabajo en el Señor nunca será en vano. El hombre de Dios descansa en la satisfacción y gozo del señorío, deleitándose en Dios, que hace que todas las cosas ayuden a bien a los que le aman: los que conforme a sus propósitos son llamados (cf. Ro. 8:28).

La jubilación es un principio moderno, una contrapartida secular a la idea de arrebatamiento. Demuestra una rendición y abandono de la condición humana y de la vida. En la medida en que el hombre sea capaz, necesita trabajar y descansar. Tanto el arrebatamiento como la jubilación están montados sobre premisas falsas e implican rendición y derrota: consideran el abandono del señorío como un privilegio, en vez de una tragedia o mal. El postmilenarismo, por el contrario, nos proporciona una adecuada teología del trabajo y del descanso, y una escatología de victoria.

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