Citas de reformados españoles del siglo XVI

Rescatamos aquí algunas interesantes citas que el Dr. David Estrada inserta en una conferencia pronunciada en 2009 con motivo del V centenario del nacimiento de Juan Calvino. Dicha conferencia se titula “El calvinismo de los españoles” y en ella reflexiona sobre el carácter calvinista de los reformadores españoles del siglo XVI (en cuanto a su teología), así como sobre su talante tolerante y pacífico (en contraste con las persecuciones que tuvieron que sufrir tanto dentro como fuera de su país, de manos de católicos romanos españoles, pero –por chocante que pueda resultar– también de protestantes europeos). Las citas en las que se reflejan ambas ideas (como podrán comprobar nuestros lectores) no tienen desperdicio. Por un lado, se subraya la trascendencia de aquella gran verdad liberadora que redescubre la Reforma Protestante: “El justo por la fe vivirá”. Es decir, por las obras de la ley le es imposible al ser humano justificarse delante de Dios, pero a través de la fe en la obra perfecta de Cristo, obtiene –de manera gratuita– su salvación. Por otro lado, se denuncia y advierte contra el peligro de caer en un falso celo, mediante el cual pretendamos imponer por la fuerza lo que solo Dios puede obrar mediante su Espíritu, de la misma manera que tuvo que hacerlo en nosotros mismos, sacándonos de la oscuridad y muerte en que nos encontrábamos y trasladándonos al Reino de su amado Hijo. Y aun al presente, tiene que seguir enseñándonos y corrigiéndonos, ya que ninguno ha alcanzado la plenitud de la sabiduría, entretanto que seguimos en el cuerpo. Una vez más, confiamos en que estas reflexiones puedan ser de edificación a nuestros lectores.

“El conocimiento de la ley lleva al hombre a una visión propia de total incapacidad espiritual. A causa de nuestros pecados, somos tan inhábiles e incapaces que ni tan siquiera tenemos el poder de querer recibir nuestra salvación. Lo hacemos cuando el Espíritu de Dios obra en nosotros. Y, aun cuando decimos que el conocimiento del pecado, el arrepentimiento, la contrición y la confesión son obras del hombre, son empero de tal manera suyas que proceden del poder y virtud del Espíritu de Dios, el cual hace al hombre capaz de obrar así”.

Antonio del Corro

“El creyente ha de saber que, antes que pudiese hacer bien o mal, lo eligieron y señalaron para que fuese justo y, por justo, bienaventurado. No fue esto por sus obras ni por sus merecimientos, pues antes que él pudiese obrar, fue elegido. El mismo que lo eligió es el que lo justifica, el que lo favorece y sustenta para que, conforme a la elección, haga obras semejantes a las obras de su unigénito Hijo, pues fue elegido y señalado para que fuese semejante a la imagen de su Hijo. ¡Cuántas gracias deberíais dar a Dios, que no dejó en vuestro escoger lo que había de ser de vosotros!”

Constantino de la Fuente

“En el negocio de nuestra perdición nosotros lo pusimos todo, pero en el de nuestra salvación fue necesario que Dios lo pusiese todo”.

Juan Pérez de Pineda

“Bien entendidas, las buenas obras son pedazos y sobras de la riqueza de Jesucristo, y todo se atribuye a Él y, si tienen valor, es por Él. Y así siempre en nuestra salvación Él toma la delantera”.

Constantino de la Fuente

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“Se ha dicho que la Reforma del siglo XVI fue el avivamiento religioso más importante después de la irrupción del cristianismo en tiempos apostólicos. Y, de hecho, lo fue, ya que significó el redescubrimiento del evangelio. Después de siglos de oscurantismo religioso, las buenas nuevas de la luz bíblica iluminaron de nuevo las mentes de muchos pecadores, y la música celestial de la proclama “el justo vivirá por la fe” llenó de gozo y gratitud el corazón de muchos hombres y mujeres en Europa. Pero, juntamente con esta panorámica de liberación espiritual, se desarrolló también, entre creyentes y grupos de diferentes tendencias y opiniones doctrinales, un fenómeno tenebroso de actitudes y reacciones emotivas, y de talante religioso de censurable carnalidad y virulencia. Disipadas las tinieblas por la luz del evangelio, al no poder las fuerzas del mal prevalecer sobre la verdad del mensaje bíblico, Satanás se cebó con inusitada agresividad sobre los sentimientos de muchos hijos de la Reforma, en los que logró concitar radicales actitudes de talante intolerante. Satanás podía infundir –y, de hecho, así lo hizo– un sentimiento de falso celo por la doctrina, y suscitar, bajo pretextos de defensa de la misma, actitudes agresivas de censura y condena hacia aquellos de credos o ideas discrepantes. La doctrina puede ser bíblicamente sana, pero los portavoces de la misma pueden ensombrecerla e incluso negarla con sus actitudes contrarias al más elemental espíritu de tolerancia evangélico y de caridad cristiana”.

David Estrada

“Me debo guardar como del fuego de perseguir a algún hombre, pretendiendo servir con esto a Dios por sus ideas”.

Juan de Valdés

“¡Ay de nosotros, miserables! ¿Y qué condenación y juicio de Dios acumulamos sobre nuestras cabezas cuando predicamos a los soldados que dejen las armas, que vivan en paz y no inquieten a los ciudadanos y, sin embargo, tenemos en nuestros escritorios todas las armas afiladas, las saetas envenenadas, para lanzarlas contra aquellos que no adoptan enteramente nuestros consejos y opiniones? ¿No sería mejor, habiendo invocado el nombre del Señor, tratar amablemente los asuntos del avance de su gloria, que no hacernos la guerra con los dardos de nuestra pluma, los cuales son más peligrosos e incurables? No hemos sido bautizados en el nombre de Lutero, Zwinglio o Calvino, sino en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y, por eso, nuestro obrar ha de ser completamente diferente”.

Antonio del Corro

“Sí, sí, escribimos mucho. Llenamos muchos libros y escritos de injurias contra el papa, cardenales, obispos, sacerdotes y monjes. ¿Somos tan olvidadizos, que no nos acordamos de lo que hemos sido? ¿No tenemos memoria de que no hace tantos años estábamos en la misma pocilga cenagosa? Y, si el Señor por su bondad nos ha sacado de ahí, mostrando los tesoros de su misericordia hacia nosotros, ¿es por esto que debemos injuriar, burlarnos, ultrajar a aquellos que todavía permanecen allí de donde nosotros salimos? ¿No sería mejor darles la mano para sacarlos fuera, exhortarlos benignamente a que reconozcan el miserable estado en el que están, puesto que jamás por la vía en la que estamos será posible ganarles el corazón? ¡Ojalá que conociéramos lo que nos falta para ser doctores del evangelio! Porque el conocimiento de nuestra ignorancia nos impulsaría a querer aprender, más bien que a hacer de inquisidores y censores de la fe”.

Antonio del Corro

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