LA ORACIÓN (II)

Como prometimos, ponemos a disposición de nuestros lectores la continuación del resumen que publicamos la semana pasada. Como ya indicamos entonces, no se trata de una síntesis de todo el capítulo XX del Libro III de la Institución, sino solo de los dieciséis primeros epígrafes. De nuevo, recomendamos la lectura de todo el capítulo (o, mejor aún, de toda la obra), y esperamos que este resumen, por su parte, pueda ayudar a retener en la memoria algunas de las ideas que Calvino propone en esta capítulo, y en definitiva, pueda sernos de edificación en la fe que Dios, por su misericordia, nos ha dado.

10. ¿En qué sentido los santos alegan su buena conciencia al orar?

  • Es verdad que algunas veces parece que los santos alegan su propia justicia como causa del favor de Dios. Sin embargo, lo que en realidad tratan de expresar es que, por su regeneración, son siervos e hijos de Dios, a los cuales Él promete serles propicio:

“Los ojos de Jehová están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos” (Sal. 34:15).

“Y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Jn. 3:22).

  • Esto no quiere decir que las oraciones sean estimadas por los méritos, sino que se refiere a la confianza de quienes tienen sus conciencias puras y sin hipocresía.
  • Porque lo que se dice del ciego al cual le había sido devuelta la vista es verdad:

“Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ése oye”. (Jn.9:31).

  • Por pecadores hemos de entender los que se adormecen en sus pecados, sin deseo alguno de obrar bien; puesto que jamás brotará del corazón una invocación si a la vez no se anhela la piedad.
  • Además, los santos han hablado de esta manera cuando ante el Señor se comparaban con sus enemigos, pidiendo a Dios que los librase de su maldad.
  • Pero la confianza que tenemos de alcanzar alguna cosa de Dios se apoya en su sola clemencia, sin consideración alguna de nuestros méritos.

11. La firme seguridad de ser oídos

  • Aunque abatidos con humildad, hemos de tener buen ánimo para orar, esperando que ciertamente seremos escuchados.
  • Parece contradictorio unir el sentimiento de la justa cólera de Dios con la confianza en su favor, pero la penitencia y la fe van siempre de la mano.
  • El creyente no goza de tal seguridad que lo libre de toda congoja y lo mantenga en un perfecto reposo. Pero el mejor estímulo para moverle a invocar a Dios es precisamente la gran inquietud que le atormenta, hasta tal punto que desfallece hasta que no recibe la oportuna ayuda de la fe.
  • Es necesario, pues, que se acoja a Dios sin dudar que está dispuesto a ayudarle, pues Dios se irrita con nuestra desconfianza:

“Todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis” (Mt. 21:22).

“Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada; pero pida con fe no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra” (Stg. 1:5-6).

“Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados” (Stg. 5:15).

“Entonces Jesús dijo al centurión: Ve, y como creíste, te sea hecho” (Mt.8:13)

  • La fe es la que alcanza todo cuanto se concede a nuestras oraciones.

12. Con la Escritura, hay que mantener siempre esta seguridad en la oración

“Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (He.4:16).

“En quien [Cristo] tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él” (Ef. 3:12).

“Sea tu misericordia sobre nosotros, oh Jehová, según esperamos en ti” (Sal. 33:22).

“Serán luego vueltos atrás mis enemigos, el día en que yo clamare; esto sé, que Dios está por mí” (Sal. 56,9).

  • La fe no sufre detrimento cuando va acompañada del sentimiento de la propia miseria del hombre, porque por muy grande que sea la carga de los fieles, no deben dejar de presentarse delante de Él.
  • La oración no se nos ordena para que con ella nos glorifiquemos delante de Dios, o para que no nos preocupemos para nada de nosotros; sino para que confesando nuestros pecados, Dios nos perdone.
  • Nuestros pecados deben estimularnos a orar:

“Sana mi alma, porque contra ti he pecado” (Sal. 41:4).

  • Las punzadas de tales aguijones serían mortales si Dios no nos socorriese, pero nuestro buen Padre aplica el remedio con el que, aquietándonos, nos invita a llegarnos a Él.

13. Esta seguridad se funda en la bondad de Dios, que une la promesa al mandato de orar

  • Al mandarnos orar, nos acusa de impía contumacia si no le obedecemos, pues dice claramente:

“Invócame en el día de la angustia” (Sal. 50:15).

“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Mt. 7:7).

  • Aquí, además del precepto, se añade la promesa, para mejor estimularnos a acudir a Él.
  • Por tanto, menosprecian el mandamiento de Dios y no dan crédito a su Palabra quienes no le hacen caso, privándole de la parte principal de su culto.
  • Porque Dios declara que lo más precioso ante sus ojos es que en el día de la necesidad se le invoque. Y cuando Él pide lo que es suyo y nos insta a que le obedezcamos alegremente, no hay pretextos que nos excusen.
  • Sería una gran temeridad presentarnos ante Dios sin que Él mismo nos hubiera invitado, pero lo ha hecho:

“Diré: Pueblo mío; y él dirá: Jehová es mi Dios” (Zac. 13:9).

“Tú oyes la oración; a ti vendrá toda carne” (Sal. 65:2).

“Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás” (Sal. 50:15).

“Porque tú, Jehová de los ejércitos, Dios de Israel, revelaste al oído de tu siervo, diciendo: Yo te edificaré casa. Por esto tu siervo ha hallado en su corazón valor para hacer delante de ti esta súplica” (2 Sm. 7:27).

  • En los salmos, a veces se corta el hilo de la oración mediante una digresión acerca de la potencia de Dios, de su bondad o de la certeza de sus promesas. Del mismo modo, también nosotros debemos entremezclar todo aquello que pueda enfervorizar nuestro espíritu debilitado.

14. Dejemos que nos toquen tantas gracias; obedezcamos y oremos con atrevimiento y seguridad

  • Maravilla que la dulzura de tantas promesas no nos conmueva sino muy fríamente o nada en absoluto:

“Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua” (Jer. 2:13).

“Todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo” (Jl. 2:32).

“Me invocaréis y os oiré; incluso antes que claméis a mí, yo os oiré” (Is. 58:9).

  • Vemos, pues, cuán gentilmente nos convida el Señor y cuán grande es nuestra ingratitud y nuestra pereza cuando, siendo estimulados por tales acicates, nos quedamos parados.
  • Resuenen de continuo en nuestros oídos estas palabras:

“Cercano está Jehová a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de veras” (Sal. 145:18).

  • Este fruto recibimos de las promesas de Dios: no hacer nuestras oraciones con dudas, sino confiados en la Palabra de Aquel que de otra manera nos aterraría. Nos atrevemos a llamarle Padre, puesto que Él nos invita a que le invoquemos con este nombre.
  • Tenemos motivos de sobra para ser oídos cuando nuestras oraciones no van fundadas en ningún mérito nuestro, sino que toda su dignidad y la esperanza de alcanzar lo que pedimos descansa en las promesas de Dios.
  • Aunque no sobresalgamos en santidad, como el mandato de orar y de tener fe son comunes a todos, para todos es su privilegio. Porque Dios, al declarar que será propicio a todos, da esperanza aun a los más miserables del mundo de alcanzar lo que piden.
  • Pero tengamos sinceridad de corazón, disgusto de nosotros mismos, humildad y fe.

“Menor soy que todas las misericordias y que toda la verdad que has usado para con tu siervo […] Tú has dicho: Yo te haré bien, y tu descendencia será como la arena del mar, que no se puede contar por la multitud” (Gn. 32:10-12).

  • Los incrédulos, al no orar a Dios, le privan del honor que se le debe (de la misma manera que si fabricasen nuevos dioses), porque de este modo niegan que Dios haya sido el autor de todos sus bienes.

15. Por qué escucha Dios a veces plegarias no conformes a su Palabra

  • La Escritura refiere que Dios a veces ha cumplido deseos que no procedían de un espíritu pacífico, pero la norma no puede quedar perjudicada por algunos ejemplos particulares.
  • Además, Dios socorre a los afligidos y oye los gemidos de aquellos que, injustamente oprimidos, le piden su favor, aunque sean indignos de alcanzar cosa alguna.
  • Sin embargo, no por eso los fieles han de apartarse de la ley que Dios les ha dado, ni han de envidiar a los impíos, como si hubieran conseguido gran cosa al obtener lo que deseaban.

Cómo Abraham, Samuel y Jeremías han podido orar contra la voluntad de Dios

  • Abraham, sin tener mandamiento de Dios, oró por los de Sodoma, y Samuel por Saúl, habiéndoselo Dios prohibido. Y lo mismo se ve en Jeremías, el cual con su oración pretendía salvar a Jerusalén.
  • Ellos siguieron el principio general de que Dios nos manda tener piedad aun de aquellos que no la merecen, y por esta causa no carecieron de todo punto de fe, aunque respecto al caso particular se engañaron.
  • A pesar de ello, no se debe tomar esto como ejemplo a imitar. Cuando no tuviéremos una promesa cierta que nos asegure, debemos orar a Dios condicionalmente.

16. Dios no rechaza, sin embargo, nuestras plegarias no conformes con estas reglas

  • Pero todo esto no significa que Dios rechace las oraciones en las que no halla fe o penitencia perfecta.
  • Los fieles deben mantenerse respetuosos y reverentes; no deben dar rienda suelta a sus deseos, sino ajustarse a su voluntad; deben elevar su espíritu, y dejando a un lado las preocupaciones terrenas, honrarle puramente.
  • Pero esto no lo ha hecho ninguno de cuantos han vivido en este mundo con la perfección que se requiere.
  • Dios soporta nuestro balbucir y perdona nuestra ignorancia y necedad, cuando algo se nos escapa involuntariamente; pues realmente ninguna libertad tendríamos para orar, si Dios no condescendiese con nosotros.
  • En tentaciones semejantes a las que sufrió David, a los fieles se les suelen escapar deseos no muy de acuerdo con la Palabra de Dios, en los cuales no consideran bien qué les conviene.
  • Las oraciones mancilladas con tales vicios merecen ser repudiadas, mas Dios perdona semejante faltas si tan solo los fieles se duelen de su miseria.
  • Aunque ningún fiel se olvide de pedir perdón de sus pecados, cuando ora apenas ofrece la décima parte del sacrificio de que habla David:

“El sacrificio grato a Dios es el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Sal. 51:17).

  • La fe de los fieles se vio muchas veces mezclada de dudas, de tal manera que aun creyendo y esperando, había en ellos incredulidad.
  • Pero, aunque Satanás se esfuerce en cerrarles todos los caminos, sigan ellos adelante, sabiendo que su afecto y deseo agradarán a Dios, y que sus oraciones serán aprobadas si tan solo perseveran en la fe.

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