LA ORACIÓN

Proponemos una nueva lectura procedente de la Institución. En esta ocasión se trata de un resumen de la primera parte del capítulo 20 del libro III, que Calvino dedica a la oración y nos parece de sumo interés. Por supuesto, recomendamos encarecidamente la lectura del capítulo íntegro (quien esté interesado puede encontrar toda la obra en Internet). Pero para quienes dispongan de poco tiempo, invitamos a leer esta síntesis. Próximamente, publicaremos, Dios mediante, su continuación. Pero, de momento, esperamos que esta primera entrada sea de edificación para nuestros lectores.

ELLA ES EL PRINCIPAL EJERCICIO DE LA FE Y POR ELLA RECIBIMOS CADA DÍA LOS BENEFICIOS DE DIOS

1. Lugar de la oración en el conjunto de la vida cristiana

  • El hombre carece de cuanto es necesario para su salvación.
  • Pero el Señor nos ofrece en Cristo la felicidad en vez de la miseria.
  • Esto no se puede entender con el razonamiento humano: solo lo entienden aquellos a quienes Dios ha abierto los ojos.
  • Solo queda que mediante la oración le pidamos lo que sabemos que está en Él. De lo contrario, sería como si una persona dejase enterrado un tesoro que le hubieran enseñado.

2. Definición, necesidad y utilidad de la oración

  • La oración es una especie de comunicación entre Dios y los hombres, mediante la cual le recuerdan sus promesas y le instan a que les muestre que la Palabra que han creído es verdad.
  • Con la oración desenterramos los tesoros que se muestran a nuestra fe por el evangelio. Por ella adquirimos la presencia de su providencia, de su virtud y potencia, y de su bondad. Por ella lo llamamos, a fin de que nos muestre que nos es favorable y que está siempre con nosotros.
  • De aquí nos proviene una singular tranquilidad de conciencia, porque habiendo expuesto al Señor la necesidad que nos acongojaba, descansamos plenamente en Él, sabiendo que nos ama y puede satisfacer todas nuestras necesidades.

3. Objeción sacada de la omnisciencia de Dios. Respuesta

  • Dios ha ordenado la oración tanto por causa suya como por causa nuestra.
  • Dios quiere que los hombres confiesen en sus oraciones que todo cuanto desean y les es de provecho viene de Él.
  • Pero todo el provecho de este sacrificio con el que es honrado revierte sobre nosotros. Elías, después de prometer a Acab que llovería, no por eso deja de orar: no porque dudase de la Palabra de Dios, sino porque sabía que era su deber, a fin de que su fe no se adormeciese.

Razones de orar a Dios

  1. Que nuestro corazón se inflame en un continuo deseo de buscarle, amarle y honrarle, acogiéndonos a Él en todas nuestras necesidades.
  2. Que pongamos ante sus ojos todo lo que sentimos dentro de nosotros sin ocultarle nada.
  3. Que recibamos sus beneficios con gratitud, ya que por la oración nos damos cuenta de que todo nos viene de su mano.
  4. Que una vez que hemos alcanzado lo que le pedimos, seamos más fervorosos en meditar su liberalidad y nos gocemos de las mercedes que nos ha hecho, comprendiendo que las hemos alcanzado mediante la oración.
  5. Que comprendamos que no solamente promete que jamás nos faltará, sino que permite que en el mismo momento de la necesidad le propongamos nuestra petición, y nos socorre y ayuda realmente.
  • Por estas razones nuestro Padre, aunque jamás se duerme, muchas veces da muestras de que lo hace para que le roguemos, remediando así nuestra negligencia.

“Cercano está Jehová a todos los que le invocan” (Sal. 145:18).

“Los ojos de Jehová están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos” (Sal. 34:15).

  • Dios quiere que los fieles ejerciten su fe orando a Él, a fin de purificar sus corazones de todo olvido o negligencia.

LAS REGLAS DE LA ORACIÓN

4. El entendimiento y el corazón

  • Vayamos preparados con la disposición que deben tener quienes han de hablar con Dios.
  • Toda el alma, libre de los cuidados de la carne, ha de entregarse a orar y levantarse sobre sí misma.
  • No exigimos un ánimo que no tenga cosa alguna que le acongoje, pues nuestro fervor para orar precisamente se inflama con las angustias y pesares:

“De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo” (Sal. 130:1).

  • Pero es preciso que el alma se eleve a una pureza digna de Dios, dejando a un lado las cosas que nuestra loca razón y vanidad suelen forjar.

5. Seria aplicación y concentración del espíritu ante la majestad de Dios

  • El que ora ha de poner en ello todos sus sentidos y entendimiento, y no distraerse con fantasías y pensamientos ligeros, tanto más cuanto más difícil vemos que es por experiencia.
  • Es vil e indigno que, llamándonos Dios a hablar familiarmente con Él, abusemos de su bondad y no retengamos nuestra atención en Él.

“A ti, oh Jehová, levantaré mi alma” (Sal. 25:1).

“Eleva, pues, oración tú” (Is. 37:4).

  • Por tanto, nuestro entendimiento deber resistir a todos los impedimentos y estorbos que le salen al paso, hasta someterlos y ponerlos a sus pies.
  • Sobriedad: No hemos de pedir nada que Dios no permita, dando rienda suelta a nuestros afectos inconsiderados y hasta perversos. Aunque promete realizar nuestros deseos, su indulgencia no se someterá a nuestros caprichos.
  • Muchos no sienten escrúpulo en pedir a Dios que cumpla sus deseos, aunque sean tan torpes que se sentirían abochornados si llegaran a conocimiento de los hombres.

“Esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, nos oye” (1 Jn. 5:14).

Los afectos del corazón bajo el dominio del Espíritu

  • Debemos poner en Dios también nuestro afecto. Y, para socorrer nuestra flaqueza, Él nos da su Espíritu, dictándonos lo que es recto y moderando nuestros afectos:

“Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Ro. 8:26).

  • No que Él literalmente ore y gima, sino que suscita en nosotros una confianza, unos deseos y tales suspiros, que las fuerzas naturales no podrían en modo alguno concebir.
  • Pero no hemos de resignar en el Espíritu Santo la obligación de orar, durmiéndonos nosotros en nuestro descuido y negligencia (algunos afirman que debemos esperar hasta que Dios atraiga nuestros entendimientos, que están ocupados en otras cosas).
  • Cuando Pablo manda que oremos en Espíritu, también nos exhorta a que seamos diligentes:

“Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento” (1. Co. 14:15).

“Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos” (Ef. 6:18).

6. Es necesario un vivo sentimiento de nuestra indigencia y de sus remedios

  • Al orar, debemos sentir de veras nuestra necesidad, acompañando nuestras peticiones de un ardiente afecto.
  • Muchos murmuran entre dientes sus oraciones, leyéndolas o recitándolas de memoria, como si cumpliesen con Dios. Entretanto, sus corazones están fríos y no prestan atención. No sienten su necesidad ni piden, en consecuencia, ser aliviados de su miseria. Cuando piden perdón de sus pecados, no piensan que lo sean. Así, se burlan abiertamente de Dios.
  • Es necesario que los fieles no se presenten delante de Dios para pedir algo que no deseen de corazón. Incluso aquellas cosas que pedimos para la gloria de Dios y que no nos parecen tener relación con nuestras necesidades, hemos de pedirlas con fervor y vehemencia.

7. Siempre es oportuno rogar

  • Es verdad que unas veces nos vemos más necesitados de orar que otras.

“¿Está alguno de vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas” (Stg. 5:13).

  • Por ser tan perezosos, Dios trae necesidades sobre nosotros para incitarnos a orar.

“Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado; ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán éstas a él” (Sal. 32:6).

  • Cuanto más nos oprimen las molestias, temores y demás géneros de tentaciones, tanto más libre entrada tenemos a Dios, como si Él nos llamase personalmente a ello. Pero hemos de orar en todo tiempo:

“Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos” (Ef. 6:18).

“Orad sin cesar” (1 Tes. 5:17).

  • Porque aunque todo nos suceda a pedir de boca, no hay un solo momento en el que nuestra miseria no nos incite a orar.
  • Si consideramos cuántos son los peligros que nos amenazan a cada momento, el mismo miedo nos enseñará que no hay instante en que no tengamos gran necesidad de orar.
  • ¿Cuándo tantos pecados de los que nos acusa nuestra conciencia nos permitirán estar ociosos, sin pedir perdón? ¿Cuándo las tentaciones harán tregua con nosotros, de suerte que no tengamos que buscar el socorro de Dios?
  • Además, el deseo de ver el reino de Dios prosperado y su nombre glorificado, de tal manera debe apoderarse de nosotros que siempre busquemos orar a Dios.
  • La Escritura, al exhortarnos a orar de continuo, condena nuestra negligencia (no sentimos hasta qué punto nos es necesario orar).
  • La verdadera oración exige arrepentimiento y sinceridad:

“Cercano está Jehová a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de veras” (Sal. 145:18).

“Y sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ése oye” (Jn. 9:31).

  • Dios no oye a los malvados: sus oraciones le son abominables, como también sus sacrificios:

“Cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos”. (Is. 1:15).

“Solemnemente protesté: […] Oíd mi voz; pero no oyeron; y clamarán a mí, y no los oiré” (Jer. 11:7-8.)

“Este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado” (Is. 29:13).

“Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Stg.4:3).

“Cualquier cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos” (1 Jn. 3:22).

  • Así que la mala conciencia nos cierra la puerta: ni oran bien ni son oídos más que los que con corazón limpio sirven a Dios.

8. La humildad: ni sentimiento de propia justicia, ni confianza en sí mismo

  • El que ora ha de renunciar a su propia dignidad y confianza en sí mismo, dando toda la gloria a Dios, porque si nos atribuimos alguna cosa, por pequeña que sea, caeremos delante de Dios con nuestra soberbia.
  • Cuanto más santo es alguno, más se abate y humilla. Daniel, tan ensalzado por boca del mismo Dios, dice:

“No elevamos nuestros ruegos ante ti confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias. Oye, Señor; oh Señor, perdona; presta oído Señor, y hazlo y no tardes por amor de ti mismo, Dios mío; porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo” (Dan.9:18-19).

  • En su propia persona se declara pecador y se acoge a la misericordia de Dios, como él mismo lo atestigua:

“Confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel” (Dn. 9:20).

  • En ninguna otra confianza se apoyan los fieles más que en esta: que considerándose del número de los siervos de Dios, no desesperan que Dios haya de mantenerlos bajo su amparo.

“Aunque nuestras iniquidades testifican contra nosotros, oh Jehová, actúa por amor de tu nombre” (Jer. 14:7).

9. Es necesario, por el contrario, confesar nuestras faltas y pedir perdón

  • Es imposible que Dios sea propicio más que a aquellos a quienes perdona los pecados.
  • Y no basta con recordar los pecados cometidos durante un día, sino también aquellos del pasado que hemos podido olvidar.

“He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Sal. 51:5).

  • Esto no lo dice para disminuir la culpa con el pretexto de que todos estamos corrompidos en Adán, sino para amontonar todos los pecados de su vida, a fin de que cuanto más severo se muestre contra sí mismo, tanto más dispuesto encuentre a Dios para perdonarle.
  • Y aunque no siempre los santos pidan expresamente perdón, se han animado a orar confiando en la sola misericordia de Dios, y han procurado en primer lugar apaciguar su ira.
  • Lo que ante todo debemos procurar es que Dios nos sea propicio, y no meramente que nos muestre su favor con señales externas. Así, Jesucristo, habiendo determinado curar al paralítico, declara:

“Tus pecados te son perdonados”. (Mt. 9:2).

  • Lo que principalmente debemos desear es que Dios nos reciba en su gracia, y después nos muestre el fruto de nuestra reconciliación.

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