La elección, una doctrina consoladora

Reproduzco aquí este sermón escrito acerca de la doctrina bíblica de la elección, publicado en el blog “Camino Sencillo y Santo”.

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LA ELECCIÓN, UNA DOCTRINA CONSOLADORA (SERMÓN ESCRITO)

Daniel Robledo

Romanos 9:29. “Y como antes dijo Isaías: Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado descendencia, como Sodoma habríamos venido a ser, y a Gomorra seríamos semejantes”.

La elección es una doctrina bíblica que habla de la selección incondicional de los individuos que habrían de conformar el pueblo de Dios. También está la predestinación, que nos de aquel remanente que Dios se habría de reservar para salvación. Este texto, nos proporciona un gran alivio, pues describe el efecto de aquella elección que Dios había hecho. Habla del Señor dejándonos una descendencia a lo largo de todas las edades; de tal forma que aplicaba a los días de Isaías, a la época de Pablo y al tiempo de ahora. Entre las intenciones del Apóstol Pablo, al citar las palabras del profeta, estaba demostrar que lo que escribía no era una doctrina nueva. La doctrina del remanente de Israel no era invención de los apóstoles, como tampoco lo era la doctrina de la elección. Toda la escritura de entonces apoyaba estas verdades, y ahora, con más razón, se sustentan desde Génesis hasta Apocalipsis. Yo no sé cómo es que muchos se la atribuyen a Juan Calvino o a San Agustín, pero ellos únicamente adoptaron su teología de la Palabra de Dios. Y sabemos, de muy buena fuente, que toda la iglesia primitiva creía en estas verdades; primeramente por el testimonio de las mismas escrituras, y segundo por el testimonio de la historia. Leemos y nos percatamos de que la elección tenía una apreciación especial por parte del pueblo de Dios, que, lejos de ser despreciada, era muy bien recibida por los primeros cristianos. Por lo que es evidente que nada de lo mencionado en estos versículos fue escrito para nuestra carga y fastidio. Antes que ser una carga para nosotros, las doctrinas de la palabra de Dios nos proporcionan paz y tranquilidad, pero ninguna nos proporciona tanto alivio y consuelo como la doctrina de la elección.

El mismo Profeta Isaías reconoce que la existencia de la elección no perjudica a las almas, antes bien, es una esperanza para ellas. Esto es, precisamente, lo que expresa el texto; si no hubiera una elección, entonces ¿qué sucedería? Ah, pues si Jehová Sebaot no nos hubiera dejado descendencia, el juicio y la condenación ya hubieran arrancado desde hace mucho tiempo, y el infierno estaría, ahora mismo, lleno de todas las almas de los hombres consumiéndose en las llamas eternas. Tal cual sucedió con las ciudades antiguas, a las cuales Dios castigó por su justo juicio, así hubiera ocurrido con nosotros, si el Señor no nos hubiera dejado descendencia. Algunas traducciones dicen “pequeño remanente” en lugar de “descendencia”. Comparamos esto con respecto a todas las gentes de todas las edades y nos preguntamos ¿qué sería sólo un remanente? No es sino un grupo comparativamente pequeño a lado de todos, una manada muy pequeña, y sin embargo, una gran multitud que nadie podía contar. Imaginen, entonces ¿cuántos no han de perecer? Únicamente nuestro Dios lo sabe. Mas nuestro confortable refugio es este: Si la gracia especial y selectiva de Dios no se hubiera dejado un pueblo a redimir, todo el mundo hubiera perecido bajo la oscuridad perpetua del infierno.

Malaquías 3:6.

Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos.

Nada de lo que merecíamos nos ha ocurrido, estamos seguros de ello. Sodoma y Gomorra son claros ejemplos de que la iniquidad trae como resultado el juicio de Dios. Mas nosotros, los hijos de Dios, los hijos de Jacob, no fuimos pagados conforme a nuestra maldad. No fue sino en Cristo Jesús donde fuimos amados, elegidos y favorecidos. Es decir, que por causa de Cristo Jesús fuimos amados y elegidos por Dios, no conforme a ninguna obra, pues todavía no realizábamos ninguna. Nuestra elección se hizo en Cristo, el escogido de Dios, según el pacto eterno, desde antes de la fundación del mundo. Para lo cual también fuimos predestinados, antes de nacer, para llegar a Cristo y ser conformados a su imagen. ¡Oh qué gloriosa predestinación! ¡Qué glorioso Dios! ¡Qué glorioso Salvador! Llevar a los muchos hijos a la gloria fue lo que le agradó por su soberana voluntad. Y no sólo quiso salvarnos, sino que, además, por su bondad, quiso conformarnos a su imagen. Todo esto de él, por él y para él, para la gloria suya.

Ezequiel 20:44.

Y sabréis que yo soy Jehová, cuando haga con vosotros por amor de mi nombre, no según vuestros caminos malos ni según vuestras perversas obras, oh casa de Israel, dice Jehová el Señor.

Y nosotros, los escogidos, los llamados la casa de Israel, debemos estar gozosos y regocijándonos por la bendita elección de Dios. Esto debemos hacer si aceptamos la fe verdadera, si es que creemos en la enseñanza apostólica. A menos que la rechacemos porque creemos en la falsa doctrina del dispensacionalismo.

Así que, la doctrina de la elección, lejos de desalentar, es el consuelo del pueblo de Dios. Y bueno, supongamos que hay alguno entre nosotros que está siendo desanimado por esta doctrina ¿será posible que sea un verdadero cristiano? Definitivamente no, en esto sabremos que tal persona no pertenece al pueblo de Dios. Ningún cristiano, si lo es de hecho y en verdad, debería dudar de su llamamiento, como tampoco debería dudar de que si es llamado, entonces es escogido. La elección y el llamamiento son inseparables; sin elección nunca habrá un llamado, y siendo alguien llamado, es escogido. A no ser que solamente haya experimentado el llamamiento general que es enviado a todo hombre que escucha el evangelio, y que cualquier hombre, dada su naturaleza pecaminosa, pasa por alto. Pero si hay arrepentimiento y fe, entonces se trata del supremo y celestial llamamiento del Espíritu de poder. Y tocando el tema, deben saber que es posible que un cristiano, siendo nuevo creyente y débil en la fe, se oponga por algún tiempo a ciertas doctrinas, pero nunca se quedará así por siempre, si es que el Señor verdaderamente le ha abierto los ojos. Yo pienso que no es posible que un arminiano sea salvo, de la misma manera que un mentiroso tampoco lo es; y sin embargo, nosotros mentimos y somos mentirosos, pero jamás de tal manera que seamos como los mentirosos que practican la mentira a todo momento, que se menciona en apocalipsis, irán al lago de fuego. Y ¿por qué digo estas cosas? Porque espero dejar claro que la posible existencia de un arminiano salvo, será una excepción, mas no algo normativo.

Ahora bien, los arminianos son aquellos que creen que la doctrina de la elección es tan injusta, que al encontrarse delante de Dios, estarían dispuestos a juzgarle y a condenarle por sus acciones. Los arminianos son aquellos que crujen dientes y rasgan sus vestidos cuando oyen la frase “soberanía divina ha escogido a algunos para vida eterna”. Algunos de ellos nos dicen, que si Dios no iba a elegir a todos, hubiera sido mejor que no eligiera a ninguno. Pero por mucho que contiendan, no les daremos el gusto de escuchar lo que quieren escuchar; Pablo no daba gusto a sus oponentes, tampoco lo haremos nosotros, antes bien, les reprenderemos duramente. Contestamos, que esta doctrina es verdadera, ya sea que la acepten o no la acepten, no va a cambiar, y nosotros no la haremos más suave para ellos. Les decimos que lo que afirman es una gran insensatez. Si nosotros, siendo hijos, no juzgamos las acciones del todopoderoso ¿quiénes son ellos para hacerlo?

Romanos 9:20.

Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?

Los arminianos nos dicen que la clase de soberanía que predicamos es arbitraria; nos acusan de anunciar a un Dios tirano; y nos contestan que no deberíamos separar la soberanía, de la justicia. Pero ningún cristiano o calvinista, que sea serio en su teología, hace nada de esto. Si arbitrariedad y tiranía significan injusticia, nosotros no lo creemos; pero si significa que Dios hizo como le dio la gana hacerlo, entonces es verdad. Si nos preguntan que si nosotros creemos que Dios escogió a quien le plació escoger, con la más firme convicción afirmamos que, efectivamente, Dios lo hizo así. ¿O no está escrito que la elección ocurrió según el puro e incontaminable afecto de su voluntad? Y nos vemos obligados a declararlo así en todo momento; nos vemos en la necesidad de contestar como lo haría nuestro Señor, con la única respuesta que podemos dar a esta clase de preguntas:

Mateo 11:26.

Sí Padre, porque así te agradó.

Y en cuanto a lo que se refiere a la soberanía divina, no creemos que Dios cometa alguna injusticia, antes bien, Dios es más justo que nosotros. Todo lo que Dios hace, por ser Dios y el legislador supremo, es también justo como él. La soberanía, si bien, no es una soberanía que se someta a la justicia y a la santidad de Dios, todo lo que Dios haga por causa de su soberanía es justo y santo. No podemos someter la soberanía a ningún otro atributo, pues si es soberanía, ésta debe ser, por definición, absoluta. Y ¿cuál es la razón para asegurarlo de esta manera? Pablo me justifica.

Romanos 9:21.

¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro deshonra?

¿Por qué razón Pablo al preguntarse a sí mismo sobre la culpa y la injusticia daba estas respuestas tan fuentes? Porque no hay otras respuestas, esas son las únicas razones, y nadie puede objetar ni decir nada.

Mateo 20:15.

¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?

Y si era le era lícito al padre de familia ¿cuanto más a Jehová de los ejércitos, que es dueño único y absoluto de todas las cosas? Dios es el ser Supremo, y tiene potestad y autoridad para hacer lo que le plazca. Esto es verdadera soberanía, supremacía y divinidad. Y si él quisiera conferir esa autoridad a alguien más, si bien le parece ¿a nosotros qué? Así es como nuestro Señor Jesucristo reclama el derecho, por causa del Padre, de hacer lo que quiera con lo suyo.

Juan 17:2; 5:21.

Como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste. Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida.

Ésta es la razón por la cual muchos están enojados con Dios; no les gusta que Dios sea Dios y se comporte como Dios. Podrían soportar que Dios fuera bueno, justo, santo, pero arden de envidia al saber que él es soberano. Son egoístas porque ellos no son buenos, y Dios sí lo es; tienen envidia, porque ellos no tienen nada, y no aceptan que él haga lo que quiera con lo suyo. Pero, a pesar de todo el esfuerzo que hagan por oponerse al Señor ¿quién podrá resistir la mano de voluntad? Y por más que contradigan la verdad de Dios ¿Cómo moverán lo que por naturaleza es firme y recto?

Retomando lo principal, veníamos tratando con el consuelo que nos trae la grandiosa doctrina de la elección Dios. Y quiero hacer la pregunta ¿no es tu elección, oh alma redimida del Señor, el mayor gozo que puedas tener después del que te da tu Señor? ¿Acaso, amado de Dios, esto no te produce una eterna gratitud con tu hacedor? Él te formó para un uso honroso ¿No podría esta verdad llevarte a ser más santo y amar más a Dios, pues él te apartó antes de nacer y te amó primero? ¡Mira qué hermoso alivio nos trae el ser elegidos del Señor! Reflexiona, date cuenta, asómate hacia el otro lado ¿que te hubiera pasado de no haber sido elegido? Jamás hubieras podido creer en el evangelio, y nunca hubieras encontrado a tu Señor que es tu más grande tesoro. ¿Cómo es posible que algunos sigan pensando se volvieron a Dios por sí mismos? Si crees que fue, no el Espíritu de Dios, sino el libre albedrío el que te trajo a Cristo, estás siendo engañado cruelmente por tu propio corazón. Y si crees que la salvación es del hombre, y no de Jehová, entonces no tienes la salvación. Mas que la elección no sea tu tropiezo, busca al Señor y llama a la puerta de la salvación de Cristo. Una cosa es cierta, quien pide, recibe; y a quien llama se le abre. Pero después de morir, la elección no te excusará, si no vas a Jesús, no sabrás si eres elegido; y si despiertas en el infierno, entonces sabrás que no lo eras, mas seguirá siendo tu culpa. Dios exige fe, y eres responsable de tener fe; Dios concede fe, pero si reclamas al Señor que él no te dio fe, él te dirá: “¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?” Y no estará cometiendo ninguna injusticia con el trato que te da.

En cuanto a ustedes que gozan de la fe de los escogidos, que han nacido de nuevo, que tuvieron un arrepentimiento verdadero, que obedecieron al Señor, y aun, que recibieron por medio de estas cosas, la vida eterna; no se gloríen, ni se jacten por lo que tienen. Recuerda que no fuiste tú, sino el Señor quien te dio estas cosas.

1 Corintios 4:7.

Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?

El Señor te dice que tu fe te salvó, pero aquella fe ¿no la recibiste como el don de Dios? Si eres salvo, recuerda que no contribuiste en nada para tu salvación. La fe, el arrepentimiento, la regeneración, la justificación, la elección, etc., todo esto fue obra del Señor; él no pidió tu consentimiento, o requirió del esfuerzo tuyo. Por la gracia eres lo que eres, tú ni siquiera usaste esa gracia, sino que esa gracia te usó a ti. Ten en mente que cuando Dios se asegura para sí una semilla, eso siempre será un acto de omnipotencia y soberanía infinita. No olvides tampoco cuán mísera era tu condición ¿o no recuerdas que tú no eras mayor que cualquier pagano? No te burles de los pecadores, tú llegaste a ser peor que ellos. ¿O qué te diferenciaba de los demás? Nosotros éramos iguales por naturaleza. Así que no tenemos ninguna autoridad para condenarles, odiarles o maldecirles, antes el Señor nos manda a darles nuestro perdón, bendecirles y amarles, aunque él los aborrezca. Dios nos ordena a tener misericordia de todos los hombres, él se sigue reservando el derecho de tener misericordia de quien quiera.

Ni aun tienes derecho de despreciar a los judíos, a pesar de que ellos hayan rechazado a su mesías y asesinado a nuestro Señor ¿no hubieras hecho lo mismo si la gracia no te hubiera frenado? Y de ellos ¿qué sabes tú si alguno es elegido? ¿Quién te dio derecho de decidir si éste o ese es parte del remanente de Dios? ¿O no sabes que ese remanente elegido de judíos, que son amados por causa de los padres, es el pueblo original de Dios y que tú solamente fuiste contado con ellos? Pablo también menciona esto en su epístola. En los capítulos ocho, nueve, diez y once trata acerca de la elección de Israel. Argumenta que el pueblo elegido no era el de Israel según la carne, sino que el verdadero Israel era espiritual. Ismael no heredará de mi promesa, dijo el Señor, sino Isaac, tú único hijo, quien es tu descendencia. Y para que vean la antigüedad de esta doctrina, y que no miento, aquí está el versículo tomado del antiguo testamento.

Génesis 22:2.

Y dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré.

Esto quiere decir: No son los hijos según la carne, sino los hijos según la promesa, los que son contados como descendientes. Aunque, sabemos que de entre los hijos físicos de Israel, Dios se tomaría un remanente según la promesa. Pero en ese caso serían considerados hijos espirituales de Abraham, y no sólo hijos carnales de Abraham. Aun así, este remanente es llamado, en el capítulo once, las ramas naturales del olivo original; olivo en el cual, las ramas silvestres, o sea los gentiles elegidos, son injertados con los naturales; formando entre los dos, el único y permanente pueblo de Dios que no ha sido ni será desechado.

Éste era el consuelo de Pablo, saber que algunos de sus parientes serían salvos como él. El alivio de Isaías al recordar que el Señor cuida de los suyos. Y la tranquilidad de Elías de saber que no estaba solo. Entonces éste también debe ser nuestro amparo. Así como hay un remanente de Israel, nosotros somos un remanente tomado de los gentiles. Por tanto no tenemos pretexto para no ser agradecidos con Dios. Nuestro llamado debe ser nuestra alegría, el Señor nuestro gozo, y la elección nuestra gratitud. Vean y conozcan que el Señor es más digno de amor y amémosle. Y el que no ame al Señor, sea anatema.

Amén.

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