Juan Calvino: maestro y practicante de la evangelización III

Con esta nueva entrada, completamos el texto sobre Calvino y la evangelización procedente de Espiritualidad reformada puritana, de Joel Beeke. Como anunciamos en la ocasión anterior, el autor pasa ahora a tratar la intervención de Calvino en la obra misionera en Brasil, concluyendo con una breve reflexión sobre la relación entre la elección y la evangelización, y unas consideraciones finales de ánimo y aliento para los creyentes en su tarea de evangelización. Próximamente, es nuestro propósito publicar algún texto más sobre el tema de la evangelización (también extraído de la obra de Joel Beeke).

Evangelización en Brasil

Calvino sabía que había naciones y gentes que aún no habían oído el evangelio, y sentía una gran carga al respecto. Aunque no hay ninguna evidencia de que llegara a contactar con el recién descubierto mundo del paganismo asiático y africano, Calvino se ocupó de los indios de Sudamérica a través de la misión ginebrina en Brasil.

Con la ayuda de Gaspard de Coligny –un simpatizante hugonote– y el apoyo de Enrique II, Nicolas Durand –también llamado Villegagnon– condujo una expedición a Brasil en 1555 para establecer allí una colonia. Los colonos incluían antiguos prisioneros, algunos de los cuales eran hugonotes. Cuando surgieron problemas en la nueva colonia, cerca de Río de Janeiro, Villegagnon pensó que los hugonotes de Francia serían mejores colonos. Apeló a Coligny, así como a Calvino y a la iglesia de Ginebra. La carta no se conservó, y tan solo en el acta de la Compañía de Pastores hay un breve sumario de lo que ocurrió.

No obstante, tenemos alguna luz de aquellos sucesos a partir de lo que Jean de Lery, un zapatero y estudiante de teología en Ginebra, que pronto se incorporaría a la colonia brasileña, registró en su diario personal. Escribió: “La carta pedía que la iglesia de Ginebra enviara inmediatamente ministros de la Palabra de Dios a Villegagnon y, con ellos, otras muchas personas ‘bien instruidas en la religión cristiana’ para mejor reformarle a él y a su pueblo, y ‘llevar a los salvajes al conocimiento de la salvación’”. De este modo, la responsabilidad de la evangelización de los paganos se colocó directamente a los pies de la iglesia de Ginebra.

La reacción de la iglesia, según Jean de Lery, fue esta: “Al recibir estas cartas y oír esta noticia, la iglesia de Ginebra en seguida dio gracias a Dios por la extensión del reino de Jesucristo en un país tan distante y a la vez tan extraño, y entre una nación sin conocimiento alguno del Dios verdadero”.

La Compañía de Pastores escogió a dos ministros para enviarlos a Brasil. El registro reza sucintamente: “El martes 25 de agosto (1556), en respuesta a una carta pidiendo a esta iglesia que enviara misioneros a las nuevas islas (Brasil), que los franceses conquistaron, resultaron elegidos el Sr. Pierre Richer y el Sr. Guillaume Charretier. Ambos fueron encomendados subsiguientemente al cuidado del Señor, y enviados con una carta de esta iglesia”. También se reclutaron once laicos para la colonia, incluido Jean de Lery.

Aunque Calvino no estaba en Ginebra en este tiempo, se le mantuvo informado de lo que estaba ocurriendo, y ofreció su consejo en cartas que fueron enviadas a Villegagnon.

La obra con los indios en Brasil no fue bien. El pastor Richier escribió a Calvino en abril de 1557 que los salvajes eran increíblemente bárbaros. “El resultado es que nuestra esperanza de revelarles a Cristo se ha frustrado” –dijo. Richier no quería abandonar la misión, sin embargo. Dijo a Calvino que los misioneros llevarían a cabo la obra por etapas, y esperarían pacientemente a que los seis jóvenes muchachos que pusieron con los indios (los Tupinambas) aprendieran su lengua. “Puesto que el Altísimo nos ha dado esta tarea, esperamos que esta Edom llegue a ser la futura posesión de Cristo” –añadió confiadamente. Mientras tanto, creía que el testimonio de los piadosos y diligentes miembros de la Iglesia reformada de la colonia influiría sobre los indios.

Richier fue un destacado testigo del énfasis misionero de Calvino en cuatro sentidos: (1) obediencia a Dios haciendo todo lo posible ante una situación difícil, (2) confianza en que Dios creará oportunidades para un nuevo testimonio, (3) insistencia en la importancia de las vidas y acciones de los cristianos como un medio de testimonio, y (4) confianza en que Dios hará avanzar a su reino.

El resto de la historia es trágica. Villegagnon se desencantó de Calvino y de los reformadores. El 9 de febrero de 1558, en las inmediaciones de Río de Janeiro, estranguló a tres calvinistas y los arrojó al mar. Los creyentes huyeren para salvar sus vidas. Después, los portugueses atacaron y destruyeron lo que quedaba de la colonia.

De esta manera acabó la misión para con los indios. No hay evidencias de ningún indio converso. Pero, cuando se publicó un informe de los mártires de Río de Janeiro seis años después, se comenzó con estas palabras: “Una tierra bárbara, completamente asombrada de la muerte de los mártires de nuestro Señor Jesucristo, algún día producirá los frutos que esta preciosa sangre, en todos los tiempos, ha acostumbrado producir”. Como una vez escribió Tertuliano: “La sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia”. Hoy, la fe reformada está creciendo en Brasil entre los presbiterianos conservadores a través de la predicación reformada, el Proyecto puritano y diferentes ministerios que reeditan títulos reformados y puritanos en portugués.

Claramente, Calvino estaba interesado en extender el evangelio allende los mares, pero este interés se vio limitado por las siguientes realidades del siglo dieciséis:

  1. Limitaciones de tiempo. La Reforma era aún tan nueva en el tiempo de Calvino que tenía que centrarse en construir la verdad en las iglesias. Una iglesia misionera que no está edificada sobre la verdad fundamental no está preparada para llevar su mensaje a tierras extranjeras.
  2. Obra en casa. Quienes critican a Calvino, diciendo que sus esfuerzos evangelizadores no se extendieron por el campo de misión extranjero son bastante injustos. ¿No ordenó Cristo a sus discípulos que comenzaran a extender el evangelio por Jerusalén y Judea (misiones nacionales) y, entonces, pasar a Samaria y a los confines de la tierra (misiones internacionales)? Obviamente, una iglesia bien constituida debería involucrarse tanto en misiones nacionales como en internacionales, pero erramos cuando juzgamos una más importante que la otra. Un genuino espíritu de evangelización ve la necesidad por todas partes. No es presa del espíritu mundano de que “cuanto más lejos de casa, mejor”.
  3. Restricciones gubernamentales. La obra misionera allende los mares fue prácticamente imposible para los reformadores, porque la mayoría de los gobiernos de Europa estaban controlados por príncipes, reyes y emperadores católico-romanos. La persecución de los protestantes estaba muy extendida. Como escribió Calvino: “Hoy, cuando Dios desea que su evangelio sea predicado por todo el mundo, para que el mundo sea restaurado de muerte a vida, parece pedir lo imposible. Vemos cuánto se nos resiste por todas partes y con cuántas y cuán potentes maquinaciones Satanás opera contra nosotros, de modo que todas las calles son cortadas por los propios príncipes”.

Casi todas las puertas al mundo pagano estaban cerradas para Calvino y los demás reformadores. El mundo del islam al sur y al este estaba custodiado por los ejércitos turcos, mientras que los navíos de España y Portugal impedían el acceso al recién descubierto nuevo mundo. En 1493, el papa Alejandro VI dio a los gobernantes españoles y portugueses derechos exclusivos a estas regiones, que fueron reafirmados por los papas y tratados que siguieron.

Salir al mundo para Calvino y otros reformadores no significaba, necesariamente, abandonar Europa. El campo de misión de la incredulidad estaba justo en el reino de la cristiandad. Para la iglesia ginebrina, Francia y gran parte de Europa estaban abiertas. Fortalecidos por la teología evangelizadora de Calvino, los creyentes respondieron celosamente a la llamada de la misión.

Calvino hizo lo que pudo para apoyar la evangelización en el frente extranjero. A pesar de su trágico fracaso, el pionero proyecto protestante en la costa de Brasil desde 1550 hasta 1560 suscitó la sincera simpatía, interés y continuada correspondencia de Calvino.

El espíritu misionero de Calvino y la elección

Aunque los escritos específicos de Calvino sobre misiones son limitados, su Institución, comentarios, sermones, cartas y vida brillan con un espíritu misionero. Es inmensamente claro que Juan Calvino puso su corazón en la evangelización para extender el reino de nuestro Señor Jesucristo a los confines de la tierra. Era el deseo de Calvino que “el reino de Cristo floreciera en todo lugar”. Establecer el reino celestial de Dios sobre la tierra era tan importante –decía Calvino– que “no solo debiera ocupar el lugar principal entre nuestros cuidados, sino incluso absorber todos nuestros pensamientos”.

Todo esto debería disipar el mito de que Calvino y sus seguidores promovieron la inactividad y desinterés por la evangelización. Antes bien, las verdades de la gracia soberana enseñadas por Calvino, como la elección, son precisamente las doctrinas que fomentan la actividad misionera. Cuando la verdad bíblica y reformada es amada, apreciada y correctamente enseñada, la evangelización y la actividad misionera abundan.

La elección fomenta la actividad evangelizadora, pues Dios soberanamente une la elección con los medios de gracia (cf. Hch. 13:44-49). La elección suscita la actividad misionera, caracterizada por una humilde dependencia de Dios para la bendición. La doctrina de la libre gracia no es una barrera para la evangelización que se centra en Dios y su gloria; es una barrera contra el concepto humanista de la tarea y de los métodos evangelizadores.

Calvino jamás permitió que la elección limitara la oferta gratuita del evangelio. Enseñó que, puesto que nadie sabe quiénes son los elegidos, los predicadores deben trabajar sobre el principio de que Dios quiere que todos sean salvos. La elección, más que limitar, prepara la evangelización. La elección pertenece a la categoría especial de los propósitos secretos de Dios, no a la actividad evangelizadora de la Iglesia. En consecuencia, el evangelio debe predicarse a todos los pecadores. La respuesta de fe del pecador a la oferta gratuita de salvación en Cristo revela si es o no elegido. Porque, aunque el llamamiento del evangelio llega a todos los que oyen la Palabra, el Espíritu Santo solo lo hace efectivo en los elegidos. Dios abre puertas a la Iglesia para que el evangelio pueda ir a todo el mundo, y sus elegidos lo oirán y responderán a él en fe.

La elección es, así pues, el ímpetu y garantía de éxito de la evangelización reformada. Como dice Isaías 55:11: “Así será mi Palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié”.

¿Es de extrañar, entonces, que Calvino llamara a la elección el corazón, esperanza y consuelo de la Iglesia? Criaturas totalmente depravadas como tú y yo podemos esperar en un Dios elector.

Una palabra de aliento

Se ha criticado a Calvino porque, supuestamente, no apoyó la evangelización. Hemos visto que esto, sencillamente, no es así, y las lecciones deberían darnos aliento.

Por un lado, nos enseña que deberíamos permanecer activos y preocuparnos menos de lo que los demás digan de nosotros. Si Calvino no pudo protegerse de los críticos ni trabajando veinte horas al día, predicando, enseñando y escribiendo, ¿qué dice esto de nuestro trabajo por el reino de Dios? Si Calvino no fue evangelizador, ¿quién lo es? ¿Estamos dispuestos a confesar con William Carey respecto al trabajo por las almas de los pecadores: “Prefiero desgastarme antes que oxidarme”?

Quizá algunos de nosotros estemos cansados. Tememos que nos estemos desgastando sin ver el fruto de nuestra evangelización. Estamos cargados de trabajo. La labor espiritual ha producido cansancio espiritual, que a su vez ha producido desaliento espiritual. Nuestro ojo no se ha oscurecido, pero nuestra energía física y espiritual ha sido seriamente reducida por nuestro constante darnos al bien de los demás.

Esto puede ser particularmente cierto de quienes somos pastores. Los sábados por la noche estamos preocupados porque no nos sentimos adecuadamente preparados para la adoración. Nuestras responsabilidades han sido demasiado pesadas. Estamos agobiados por la administración eclesiástica, el consejo personal y la correspondencia. El domingo por la noche estamos completamente agotados. Incapaces de cumplir con nuestras responsabilidades, trabajamos bajo un sentido permanente de inadecuación. Carecemos de tiempo familiar; carecemos de tiempo privado con Dios. Como le pasaba a Moisés, nuestras manos se hacen pesadas en la intercesión. Como Pablo, exclamamos: “Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?” (2 Co. 2:16). Las rutinas del ministerio diario se hacen agobiantes. Experimentamos lo que Spurgeon llamó “ataques desvanecedores del ministro”, y nos preguntamos si estamos siendo usados por Dios, después de todo. Nuestra visión del ministerio se ve tristemente dañada.

En tales momentos, deberíamos seguir el ejemplo de Calvino. Algunas lecciones suyas incluyen:

  • Mira más a Cristo. Descansa más en su perseverancia, pues tu perseverancia descansa en la suya. Busca gracia para imitar su paciencia en la aflicción. Tus pruebas pueden alarmarte, pero no te destruirán. Tus cruces son el camino de Dios a la coronación real (cf. Ap. 7:14).
  • Adopta una perspectiva amplia. Trata de vivir a la luz de la eternidad. El bambú chino no parece hacer nada en absoluto durante cuatro años. Pero, en su quinto año, de repente crece noventa pies en sesenta días. ¿Dirías que este árbol creció en seis semanas o en cinco años? Si sigues al Señor en obediencia, en general verás tus esfuerzos recompensados al final. Recuerda, sin embargo, que Dios nunca te pidió producir crecimiento; solo te pide seguir trabajando.
  • Date cuenta de que los tiempos de desaliento a menudo son seguidos por tiempos de avivamiento. Mientras predecimos la ruina de la Iglesia, Dios está preparando su renovación. La Iglesia sobrevivirá a través de todos los tiempos e irá a la gloria, mientras que los impíos irán a la ruina. Así que cíñete los lomos de tu entendimiento y mantente seguro, pues el Señor es mayor que Apolión y los tiempos. Mira a Dios, no al hombre, pues la Iglesia pertenece a Dios.
  • Confía en Dios. Aunque los amigos puedan fallarte, Dios no lo hará. El Padre es digno de confianza. Cristo es digno de confianza. El Espíritu Santo es digno de confianza. Viendo que tienes un gran sumo sacerdote, Jesucristo, el Hijo de Dios, acércate a Él en fe, y espera en Él, y Él renovará tus fuerzas. No todos somos Calvino. De hecho, ninguno de nosotros puede ser Calvino. Pero podemos seguir trabajando, por la gracia de Dios, mirando a Jesús para obtener la fuerza diaria. Si Calvino, un hombre, hizo tanto por la causa de la evangelización, ¿no deberíamos pedir a Dios que usara también nuestros esfuerzos, haciéndolos fructíferos mediante su bendición?

Atended al consejo del puritano John Clavel, que escribió: “No enterréis a la Iglesia antes de que esté muerta”. Orad más y mirad menos las circunstancias. Continuad con doble fervor para servir al Señor cuando no haya ningún resultado visible ante vosotros. Resistid la dificultad como buenos soldados de Cristo. Estad dispuestos a ser tenidos por necios por amor a Cristo. Aseguraos de que estáis en Dios, pues en tal caso podréis estar seguros de que Dios está en vosotros.

En palabras de M’Cheyne: “Hable vuestra vida aun más alto que vuestros sermones. Sea vuestra vida la vida de vuestro ministerio”. Sed ejemplares en y fuera del púlpito, y dejad los frutos de vuestro ministerio a nuestro Dios soberano, quien no comete errores y jamás abandona la obra de sus manos.

Finalmente, cobrad ánimo de la visión de Calvino de “la puerta abierta”. ¿No erramos gastando nuestras energías en intentar abrir puertas que Dios ha cerrado? ¿No deberíamos, más bien, orar más para que se abran nuevas puertas a nuestro ministerio? ¿No deberíamos pedir la guía de Dios para reconocer qué puertas están abiertas, así como fuerzas para atravesarlas? Dios nos dé gracia no para que lo dirijamos, sino más bien para que lo sigamos en toda nuestra evangelización. ¿No es la esencia de la evangelización reformada seguir a Dios antes que intentar dirigirlo?

Pueda el Señor Jesús decir de nosotros lo que dijo a la iglesia de Filadelfia en Apocalipsis 3:8: “Yo conozco tus obras; he aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar; porque aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre”.

En esto consiste la evangelización reformada de Calvino, y en esto debería consistir nuestra evangelización. Dios nos ayude a ser verdaderos a su nombre y obedientes a su Palabra, buscar las puertas que quiera abrir ante nosotros, y orar con Calvino: “Ayúdanos a buscarte cada día en nuestras oraciones, y a no dudar jamás de que, bajo el gobierno de tu Cristo, puedes volver a reunir a todo el mundo […], cuando Cristo ejerza el poder que le ha sido dado para nuestra salvación y para la de todo el mundo”.
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