Juan Calvino: maestro y practicante de la evangelización (II)

Como prometimos, exponemos la segunda parte del texto de Joel Beeke sobre Calvino y la evangelización. En ella se presenta la acción evangelizadora de Calvino en Ginebra (ciudad donde residió la mayor parte de su vida) y Francia (su tierra natal). Aún quedaría una tercera parte, donde se aborda la actividad misionera de Calvino en el Nuevo Mundo, concretamente en Brasil, y se proponen algunas reflexiones finales a modo de conclusión. Esta última parte la publicaremos, Dios mediante, la semana que viene. Pero, de momento, esperamos que nuestros lectores sean edificados en la fe con la lectura de esta segunda entrega.

Examinemos la práctica de evangelización de Calvino en su propia congregación, en la ciudad de Ginebra, en Europa (particularmente en Francia) y en los esfuerzos misioneros allende los mares (particularmente en Brasil).

Evangelización en la congregación

Con demasiada frecuencia, hoy en día pensamos en la evangelización solo como la obra regeneradora del Espíritu, como consecuencia de la cual el pecador recibe a Cristo por la fe. De esta manera, rechazamos el énfasis que Calvino hace de la conversión como un proceso continuo que afecta a toda la persona.

Para Calvino, la evangelización implicaba un continuo y autoritario llamamiento al creyente a ejercitar la fe y el arrepentimiento en el Cristo crucificado y resucitado. Esta convocatoria es un compromiso para toda la vida. La evangelización significa presentar a Cristo para que la gente, por el poder del Espíritu, venga a Dios en Cristo. Pero también significa presentar a Cristo para que el creyente sirva a Cristo como Señor en la comunión de su Iglesia y en el mundo. La evangelización demanda edificar a los creyentes en la santísima fe, conforme a los cinco principios fundamentales de la Reforma: sola Escritura, sola gracia, sola fe, solo Cristo, sola gloria de Dios.

Calvino fue un notable practicante de este tipo de evangelización dentro de su propia congregación. Su evangelización comenzaba con la predicación. William Bouwsma escribe: “Predicaba regular y frecuentemente sobre: el Antiguo Testamento los días entre semana a las seis de la mañana (a las siete en invierno) una semana sí y otra no; el Nuevo Testamento los domingos por la mañana; y los Salmos los domingos por la tarde. Durante su vida predicó, siguiendo este programa, unos 4.000 sermones tras su regreso a Ginebra (más de 170 sermones al año)”. La predicación era tan importante para Calvino que, cuando repasaba los logros de su vida en su lecho de muerte, mencionó sus sermones antes que sus escritos.

La intención de Calvino al predicar era tanto evangelizar como edificar. Predicaba sobre un promedio de cuatro o cinco versículos del Antiguo Testamento y dos o tres versículos del Nuevo Testamento. Consideraba una pequeña porción del texto, primero explicando el texto y, después, aplicándolo a las vidas de su congregación. Los sermones de Calvino jamás fueron breves en la aplicación; antes bien, la aplicación a menudo era más larga que la exposición en sus sermones. Los predicadores deben ser como padres, escribió, “partiendo el pan en pedacitos para dar de comer a sus hijos”.

También era sucinto. El sucesor de Calvino, Teodoro Beza, dijo de la predicación del reformador: “Cada palabra pesaba una libra”.

Calvino frecuentemente instruía a su congregación sobre cómo escuchar un sermón. Les decía qué buscar en la predicación, con qué espíritu debían escuchar y cómo debían escuchar. Su objetivo era ayudar a la gente a participar del sermón todo lo que pudieran, de modo que alimentaran sus almas. “Acudir a un sermón –decía Calvino– debería hacerse con la voluntad de obedecer a Dios completamente y sin reserva”. “No hemos venido a la predicación simplemente a oír lo que no sabemos –añadía–, sino a ser inducidos a cumplir con nuestro deber”.

Calvino también se dirigía a las personas no salvas en su predicación, mostrándoles la necesidad de fe en Cristo y lo que ello significaba. Dejó claro que no creía que todos los de su grey fueran salvos. Aunque caritativo para con los miembros de la iglesia que llevaban una vida externa correcta, también se refirió más de treinta veces en sus comentarios y nueve veces en su Institución (solo contando las referencias entre 3.21 y 3.24) al pequeño número de los que recibían la Palabra predicada con fe salvífica. “De cien personas que oyen el mismo sermón, veinte lo aceptarán con pronta fe, y las demás no harán caso de él; se reirán de él, lo rechazarán y condenarán” –dice Calvino. Escribe: “Porque, aunque se enseña a todos los que se predica la Palabra de Dios sin excepción, apenas hay uno entre diez que llegue a gustarla; mejor dicho, apenas hay uno entre cien que se beneficie de ella al punto de ser capacitado para proceder por la senda recta hasta el final”.

Para Calvino, las tareas más importantes de la evangelización eran edificar a los hijos de Dios en la santísima fe y convencer a los incrédulos de la abominación del pecado, dirigiéndolos a Jesucristo como único redentor.

Evangelización en Ginebra

Calvino no limitó la predicación a su propia congregación. También la empleó como una herramienta para extender la Reforma por toda la ciudad de Ginebra. Los domingos, las Ordenanzas de Ginebra demandaban sermones en cada una de las tres iglesias al amanecer y a las 9 a.m. A mediodía, los niños iban a clase de catecismo. A las 3 p.m., se volvía a predicar sermones en cada iglesia.

Los sermones de entre semana se daban en diferentes horas en las tres iglesias los lunes, miércoles y viernes. Cuando Calvino murió, se predicaba un sermón en cada iglesia cada día de la semana.

Ni siquiera esto era suficiente. Calvino quería reformar a los ginebrinos en todas las esferas de la vida. En sus ordenanzas eclesiásticas, demandaba tres funciones adicionales, además de la predicación, que cada iglesia debía ofrecer:

  1. Enseñanza. Los doctores de teología debían explicar la Palabra de Dios, primero en las conferencias informales y, después, en el contexto más formal de la Academia de Ginebra, establecida en 1559. Cuando el sucesor de Calvino, Teodoro Beza, se retiró, la Academia de Ginebra ya había preparado a 1.600 hombres para el ministerio.
  2. Disciplina. Los ancianos nombrados dentro de cada congregación, con la asistencia de los pastores, habían de mantener la disciplina cristiana, vigilando la conducta de los miembros de la iglesia y de sus líderes.
  3. Caridad. Los diáconos de cada iglesia habían de recoger las contribuciones y distribuirlas a los pobres.

Inicialmente, las reformas de Calvino se encontraron con extrema oposición local. La gente en particular objetaba que la iglesia hiciera uso de la excomunión para imponer la disciplina eclesiástica. Tras meses de amarga controversia, los ciudadanos locales y los refugiados religiosos que apoyaron a Calvino ganaron el control de la ciudad. Durante los nueve últimos años de su vida, el control que Calvino tenía de Ginebra era casi completo.

Calvino quería algo más que reformar Ginebra, sin embargo. Quería que la ciudad se convirtiera en una especie de modelo para el reinado de Cristo por todo el mundo. De hecho, la reputación e influencia de la comunidad ginebrina se extendió a la vecina Francia; después, a Escocia, Inglaterra, Holanda, algunas partes de Alemania occidental, y regiones de Polonia, Checoslovaquia y Hungría. La iglesia ginebrina se convirtió en un modelo para todo el movimiento reformado.

La Academia de Ginebra también asumió un papel de crucial importancia, puesto que pronto se convirtió en algo más que un lugar para aprender teología. En “John Calvin: Director of Missions”, Philip Hugues escribe:

La Ginebra de Calvino era mucho más que un refugio o una escuela. No era una torre de marfil teológica que vivía para y por sí misma, olvidada de su responsabilidad en el evangelio para con las necesidades de los demás. Barcos humanos eran provistos y reparados en este puerto […] para emprender un viaje por el circundante océano de las necesidades del mundo, enfrentándose con valentía a todas las tormentas y peligros que les esperaban, para llevar la luz del evangelio de Cristo a quienes estaban en la ignorancia y tinieblas de las que ellos mismos habían salido originalmente. Eran enseñados en esta escuela para que ellos, a su vez, enseñaran a otros la verdad que los había hecho libres.

Influido por la Academia, Juan Knox llevó la doctrina evangélica de vuelta a su Escocia natal. Los ingleses recibieron preparación para liderar la causa en Inglaterra; los italianos tuvieron lo que necesitaban para enseñar en Italia; y los franceses (que formaban el grueso de los refugiados) extendieron el calvinismo a Francia. Inspirada por la visión verdaderamente ecuménica de Calvino, Ginebra se convirtió en un núcleo desde el que la evangelización se extendió por todo el mundo. Según el Registro de la Compañía de Pastores, ochenta y ocho hombres fueron enviados entre 1555 y 1562 desde Ginebra a diferentes lugares del mundo. Estas cifras, lamentablemente, son inexactas. En 1561, que parece haber sido el año álgido de la actividad misionera, solo aparece registrado el envío de doce hombres, pero otras fuentes indican que salieron casi doce veces este número –no menos de 142– en sus respectivas misiones.

Esto es un logro asombroso para una obra que comenzó con una pequeña iglesia que luchaba en una diminuta ciudad-república. Sin embargo, el propio Calvino reconoció el valor estratégico de la obra. Escribió a Bullinger: “Cuando considero cuán importante es este rincón [de Ginebra] para la propagación del reino de Cristo, tengo buena razón para preocuparme seriamente de que se vigile con diligencia”.

En un sermón sobre 1 Timoteo 3:14, Calvino predicó: “Atendamos a lo que Dios nos ha ordenado, porque a Él le place mostrar su gracia no solo a una ciudad o a un puñado de personas, sino que desea reinar sobre todo el mundo, para que todos le sirvan y le adoren en verdad”.

Evangelización en Francia

Para entender cómo promovió Calvino la Reforma por toda Europa, tenemos que considerar lo que hizo en Francia.

Francia solo en parte estaba abierta a la evangelización reformada. Las hostilidades religiosas y políticas, que también amenazaban a Ginebra, eran un constante peligro en Francia. No obstante, Calvino y sus colegas obtuvieron el máximo provecho de la pequeña apertura que tenían. El acta de la Compañía de Pastores de Ginebra trata la supervisión de las obras misioneras en Francia más que en ningún otro país.

Así es cómo ocurrió. Creyentes reformados de Francia se refugiaron en Ginebra. Mientras estaban allí, muchos comenzaron a estudiar teología. Después, se sentían obligados a regresar a su propio pueblo como evangelizadores y pastores reformados. Tras aprobar un riguroso examen teológico, la Compañía de Pastores Ginebrina asignaba un puesto a cada uno de ellos, normalmente en respuesta a una petición formal de una iglesia francesa que necesitaba un pastor. En la mayoría de los casos, la iglesia receptora luchaba por su vida bajo persecución.

Los refugiados franceses que regresaron como pastores finalmente fueron muertos, pero su celo alentó las esperanzas de sus feligreses. Su misión, que, según los pastores, consistía en “hacer avanzar el conocimiento del evangelio en Francia, como ordena nuestro Señor”, tuvo éxito. La predicación evangelizadora reformada produjo un avivamiento notable. En 1555, solo había una iglesia reformada plenamente organizada en Francia. Siete años más tarde, había cerca de 2.000.

Los pastores reformados franceses fueron quemados para Dios y, a pesar de la persecución masiva, Dios usó su obra para convertir a miles. Este es uno de los ejemplos más notables de una efectiva obra misionera nacional en la historia del protestantismo, y uno de los avivamientos más asombrosos de la historia de la Iglesia.

Algunas de las congregaciones reformadas francesas se hicieron muy grandes. Por ejemplo, Pierre Viret pastoreó una iglesia de 8.000 comulgantes en Nimes. Más del diez por ciento de la población francesa en la década de 1560 –nada menos que tres millones– pertenecía a estas iglesias.

Durante la masacre del día de san Bartolomé en 1572, 70.000 protestantes fueron muertos. No obstante, la Iglesia continuó. La persecución finalmente hizo salir a muchos de los protestantes franceses, conocidos como los hugonotes. Abandonaron Francia para ir a muchas naciones diferentes, enriqueciendo la Iglesia por dondequiera que iban.

No todos los pastores refugiados fueron enviados a iglesias francesas. Algunos fueron al norte de Italia, otros a Amberes, Londres y otras ciudades de Europa. Algunos incluso fueron más allá de Europa, hasta Brasil. Independientemente de adónde fueran, su predicación era fuerte y poderosa, y Dios frecuentemente bendecía sus esfuerzos.

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