Juan Calvino: maestro y practicante de la evangelización (I)

Proponemos la lectura de parte del capítulo 3 de Espiritualidad reformada puritana, de Joel Beeke. Como puede deducirse del título del mismo, en él el autor trata el tema de la evangelización tal y como fue entendida y practicada por el reformador francés. Considerando de sumo interés las reflexiones que suscita dicho capítulo, es nuestro propósito publicar el resto del mismo en sucesivas entradas.

Muchos eruditos estarían en desacuerdo con el título de este capítulo. Algunos dirían que el catolicismo romano mantuvo encendida la antorcha del cristianismo mediante la poderosa fuerza del papado, los monasterios y el monarca, mientras que Calvino y los reformadores intentaron extinguirla. Pero otros afirmarían que Juan Calvino, el padre de la doctrina y teología reformadas y presbiterianas, fue en gran medida responsable de reavivar la antorcha de la evangelización bíblica durante la Reforma.

Algunos también dan fe de que Calvino fue un padre teológico del movimiento misionero reformado. Las opiniones de la actitud de Calvino hacia la evangelización y las misiones han ido desde la defensa ferviente hasta la moderada, por el lado positivo, y desde la indiferencia hasta la oposición activa, por el lado negativo.

Una opinión negativa de la evangelización de Calvino normalmente es el resultado de:

  • No estudiar los escritos de Calvino antes de sacar conclusiones.
  • No entender la opinión de Calvino sobre la evangelización dentro de su contexto histórico.
  • Nociones doctrinales preconcebidas sobre Calvino y su teología. (Algunos críticos afirman ingenuamente que la doctrina de Calvino sobre la elección prácticamente niega la evangelización.)

Para valorar la opinión de Calvino sobre la evangelización correctamente, debemos entender lo que el propio Calvino tenía que decir sobre la materia. En segundo lugar, debemos considerar la evangelización de Calvino en toda su dimensión, tanto en su enseñanza como en su práctica. Podemos encontrar decenas de referencias a la evangelización en la Institución, comentarios, sermones y cartas de Calvino. Después, podemos considerar la obra evangelizadora de Calvino en su propia grey, en la ciudad de Ginebra, en otras partes de Europa y en ocasiones misioneras allende los mares. Como veremos, Calvino era más evangelizador de lo que se le reconoce habitualmente.

Calvino: maestro de la evangelización

¿De qué manera fue evangelizadora la enseñanza de Calvino? ¿En qué sentido su instrucción constreñía a los creyentes a buscar la conversión de toda la gente, tanto la de dentro de la Iglesia como la del mundo, fuera de ella?

Junto con otros reformadores, Calvino enseñó la evangelización, de manera general, proclamando el evangelio fervientemente y reformando la Iglesia de acuerdo con los requerimientos bíblicos. Más concretamente, Calvino enseñó la evangelización centrándose en la universalidad del reino de Cristo y en la responsabilidad de los cristianos de ayudar a extender este reino.

La universalidad del reino de Cristo es un tema recurrente en la enseñanza de Calvino. Dice que las tres personas de la trinidad están involucradas en la extensión del reino. El Padre manifestará “cuál es la verdadera religión no solo en un rincón […], sino que enviará su voz hasta los confines de la tierra”. Jesús vino a “extender su gracia por todo el mundo”. Y el Espíritu Santo descendió para “alcanzar todos los confines y términos del mundo”. En resumen, una descendencia innumerable nacerá a Cristo, “la cual se esparcirá por toda la tierra”. Y el triunfo del reino de Cristo se hará manifiesto en todo lugar entre las naciones.

¿Cómo extenderá el Dios trino su reino por todo el mundo? La respuesta de Calvino comprende tanto la soberanía de Dios como nuestra responsabilidad. Dice que la obra de evangelización es obra de Dios, no nuestra, pero Dios nos quiere emplear como instrumentos. Citando la parábola del sembrador, Calvino explica que Cristo siembra la simiente de vida en todo lugar (cf. Mt. 13:24-30), reuniendo a su Iglesia no por medios humanos, sino con poder celestial. Sin embargo, el evangelio “no cae de las nubes como la lluvia”, sino que es “llevado por manos de hombres adonde Dios lo ha enviado”. Jesús nos enseña que Dios “se vale de nuestra obra y nos llama a ser instrumentos para cultivar su campo”. El poder para salvar descansa en Dios, pero Él revela su salvación por medio de la predicación de su evangelio. La evangelización de Dios causa nuestra evangelización. Nosotros somos sus colaboradores y Él nos permite participar del “honor de constituir a su Hijo gobernador de todo el mundo”.

Calvino enseñó que el método común de “formar una iglesia” es mediante la voz externa de los hombres: “Porque, aunque Dios podría atraer a sí a toda persona mediante una influencia secreta, emplea, sin embargo, la acción de los hombres, despertando en ellos una inquietud por la salvación de los demás. Llega a decir: “Nada retarda tanto el avance del reino de Cristo como la escasez de ministros”. Sin embargo, ningún esfuerzo humano tiene la última palabra. Es el Señor, dice Calvino, quien “hace resonar la voz del evangelio no solo en un lugar, sino a lo largo y ancho del mundo”. El evangelio no es predicado a todas las naciones al azar, sino por el decreto de Dios.

Según Calvino, esta unión de soberanía divina y responsabilidad humana en la evangelización ofrece las siguientes lecciones:

  1. Como evangelizadores reformados, debemos orar cada día por la extensión del reino de Cristo. Como dice Calvino: “Debemos desear cada día que Dios reúna iglesias de todas las partes de la tierra”. Puesto que agrada a Dios usar nuestras oraciones para cumplir sus propósitos, debemos orar por la conversión de los paganos. Escribe Calvino: “El mayor objeto de nuestros deseos diarios debería ser que Dios junte iglesias de todos los países de la tierra, que las aumente en número, las enriquezca con sus dones y establezca en ellas buen orden”. Al orar cada día que venga el reino de Dios, “nos confesamos siervos e hijos de Dios profundamente comprometidos con su reputación”.
  2. No nos debemos desalentar por falta de un éxito visible en el esfuerzo evangelizador, sino seguir orando. “Nuestro Señor ejercita la fe de sus hijos cuando no cumple enseguida las cosas que les ha prometido. Y esto debería aplicarse especialmente al reino de nuestro Señor Jesucristo”, escribe Calvino. “Si Dios deja pasar un día o un año [sin dar fruto], no es para que nos rindamos sino que, entretanto, debemos orar y no dudar que oye nuestra voz”. Debemos seguir orando, creyendo que “Cristo ejercerá manifiestamente el poder que le es dado para nuestra salvación y para la de todo el mundo”.
  3. Debemos trabajar con diligencia para la extensión del reino de Cristo, sabiendo que nuestro trabajo no será en vano. Nuestra salvación nos obliga a trabajar por la salvación de los demás. Dice Calvino: “Somos llamados por el Señor con esta condición: que, después, todos nos esforcemos por conducir a los demás a la verdad, restaurar a los errantes al camino recto, tender una mano ayudadora a los caídos y ganar a los que están fuera”. Además, no basta con que todos los hombres estén ocupados con otras formas de servir a Dios. “Nuestro celo debe ir más allá, para guiar a otros hombres”. Debemos hacer todo aquello de que seamos capaces para guiar hasta Dios a todos los hombres sobre la tierra. Hay muchas razones por las que debemos evangelizar. Calvino ofrece las siguientes:
  • Dios nos manda hacerlo. “Deberíamos recordar que el evangelio es predicado no solo por mandato de Cristo, sino también por su instigación y ejemplo”.
  • Dios nos guía con el ejemplo. Al igual que nuestro misericordioso Dios buscó nuestra amistad, también nosotros debemos tener “los brazos extendidos, como lo hizo Él, hacia los que están fuera” de nosotros.
  • Queremos glorificar a Dios. Los verdaderos cristianos anhelan extender la verdad de Dios por todas partes para que “Dios sea glorificado”.
  • Queremos complacer a Dios. Como escribe Calvino, “es un sacrificio grato a Dios contribuir a la difusión del evangelio”. A cinco estudiantes que fueron sentenciados a muerte por predicar en Francia, escribió: “Viendo que [Dios] emplea vuestra vida en una causa tan digna como es el testimonio del evangelio, no dudéis que le debe de ser preciosa”.
  • Tenemos un deber para con Dios. “Es muy justo que trabajemos […] para contribuir al progreso del evangelio”, dice Calvino. “Es nuestro deber proclamar la bondad de Dios a toda nación”.
  • Tenemos un deber para con los pecadores. Nuestra compasión para con ellos debería intensificarse con el conocimiento de que “no es posible que nadie invoque sinceramente a Dios excepto quienes, mediante la predicación del evangelio, han conocido su bondad y dulzura”. En consecuencia, todo encuentro con otros seres humanos debería motivarnos a llevarlos al conocimiento de Dios.
  • Le estamos agradecidos a Dios. Aquellos que están en deuda con la misericordia de Dios están obligados a convertirse, al igual que el salmista, en “pregonero de la gracia de Dios” para con todos los hombres. Si la salvación es posible para mí, gran pecador, también es posible para los demás. Esforzarme por la salvación de los demás es algo que debo a Dios. Si no lo hago, soy una contradicción. Como dice Calvino: “Nada podría ser más inconsistente respecto a la naturaleza de la fe que la pasividad que lleva a un hombre a despreocuparse de sus hermanos y guardar la luz del conocimiento […] en su propio seno”. Debemos, con gratitud, llevar el evangelio a otros que estén angustiados, o pareceremos a Dios ingratos por nuestra salvación.

Calvino nunca entendió que la tarea misionera la hubiesen completado los apóstoles. Más bien, enseñó que todo cristiano debe testificar, de palabra y de obra, de la gracia de Dios a todo aquel con quien se encuentre. La afirmación de Calvino del sacerdocio de todos los creyentes implica la participación de la iglesia en el ministerio profético, sacerdotal y real de Cristo. Encomienda a los creyentes que confiesen el nombre de Cristo a los demás (tarea profética), oren por su salvación (tarea sacerdotal) y los hagan discípulos (tarea real). Esta es la base para una poderosa actividad evangelizadora por parte de toda la iglesia viviente, “hasta los confines del mundo”.

Calvino: practicante de la evangelización

Calvino creía que debemos hacer pleno uso de las oportunidades que Dios da para evangelizar. “Cuando se presenta una oportunidad para la edificación, deberíamos darnos cuenta de que una puerta nos ha sido abierta por la mano de Dios para que introduzcamos a Cristo en ese lugar, y no deberíamos negarnos a aceptar la generosa invitación que Dios nos hace de este modo”, escribe.

Por otro lado, cuando se restringen las oportunidades y las puertas de la evangelización se cierran a nuestro testimonio, no deberíamos persistir en intentar hacer lo que no puede hacerse. Antes bien, deberíamos orar y buscar otras oportunidades. “La puerta está cerrada cuando no hay esperanza de éxito. [Entonces], tenemos que tomar un camino diferente en lugar de cansarnos con vanos esfuerzos por atravesarla”, escribe Calvino.

Las dificultades para testificar no son una excusa para dejar de intentarlo, sin embargo. A aquellos que sufrían severas restricciones y persecuciones en Francia, Calvino escribió: “Esfuércense todos por atraer y ganar para Jesucristo a los que puedan”. “Todo hombre debe cumplir con su deber sin rendirse ante ningún impedimento. Al final, nuestro esfuerzo y nuestras obras no fracasarán; obtendrán el éxito que aún no aparece”.

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