La trinidad y el hombre

Proponemos la lectura de un nuevo artículo (que en realidad rescatamos de entre las publicaciones realizadas en nuestra antigua página web), que consideramos de gran interés. Escrito por Rushdoony hace ya bastantes años, sigue siendo de enorme actualidad.

Nunca se insistirá demasiado en la necesidad que tiene el cristiano de reconocer la distinción entre la trinidad económica y la trinidad ontológica. Al decir “trinidad económica”, nos referimos a la relación del Dios trino con nosotros en su obra redentora, su providencia, el Espíritu habitando en nosotros, etc. La trinidad ontológica indica a Dios en su propio ser, como Él es, en su aseidad eterna.

No apreciar la importancia de esos dos aspectos del ser de Dios ha ocasionado una y otra vez serios problemas y declive en la iglesia.

La cuestión se comprenderá mejor por medio de una sencilla ilustración. Imagina por un momento que eres una persona muy rica. La gente mostrará un gran interés en ti: en lo que pueden obtener y en cómo usarte para sus propios fines. Tal interés es un interés en tu aspecto económico, en tu relación con ellas y en aquello de lo que pueden beneficiarse. Esa relación puede ser buena al principio, pero, con el tiempo, si estas personas no consiguen cada vez más, la relación se enfriará –pues su interés no se centraba en tu persona, sino en lo que podían conseguir de ti.

Esto mismo ocurre con los cristianos y las iglesias. En reiteradas ocasiones, se han contemplado grandes avivamientos a lo largo de la historia: tiempos de crecimiento y expansión; y, seguidamente, un declive continuado –a veces, de gran relieve. Los cristianos han entrado en esos años de avivamiento con gozo y ánimo excitado. Igual que una llamarada, esos tiempos y movimientos han sido impresionantes en sus efectos inmediatos. Parecían un luminoso amanecer, pero al momento todo se tornó gris y oscuro.

La causa de este declive, sea de un movimiento medieval, de un avivamiento wesleyano, o del moderno movimiento carismático, ha sido en lo fundamental la misma. La experiencia gloriosa del poder de Dios en la vida personal o de la iglesia, ha estado centrada en la experiencia reducida al yo. Ha habido un sano gozo en lo que Dios ha hecho por nosotros, pero ha eso no le ha seguido un mayor gozo en conocer a Dios como Él es.

En más de una ocasión he recibido la apelación de personas para que tome “el camino recto” respecto a Jesús. Cuando les he preguntado acerca de su conocimiento de la palabra de Dios en su totalidad, se han alterado. ¡Conocían a Jesús y no necesitaban conocer a Moisés, o Jeremías, o algún otro! No es de extrañar que esta clase de gente a menudo se quede en la cuneta. Te pueden decir, en su época de efervescencia, lo que Jesús hizo por ellos, pero, en cuanto a otra cosa que no sea esto, no tienen ningún interés. En el fondo, son pragmáticos religiosos: “¿Qué es lo que funciona para mí? ¿Qué puede hacer Jesús por mí?” Intentar hablarles de la faceta ontológica o económica de la trinidad –usando el más sencillo de los lenguajes—es inútil. Condenan tales pensamientos como conocimiento cerebral, alegando que lo único que necesitan es conocer con el corazón. En su confusión, estas personas identifican la fe con una llamarada, no con un completo compromiso, servicio y conocimiento.

La vida de fe requiere el aspecto económico. Recibe de parte de Dios y se regocija en sus dones. Puesto que somos criaturas, este es un aspecto necesario para nuestras vidas. Sin embargo, esto no es suficiente. Recibir los dones sin preocuparse de conocer al dador es moralmente perverso. Hemos de conocer a Dios en la totalidad de su palabra, y disfrutarlo plenamente en todas sus obras y en todo su ser. La trinidad ontológica es la base metafísica de la trinidad económica.

Este es un asunto de imperiosa urgencia. La iglesia se ha pasado a un ministerio “práctico”. Enfatiza la psicología, las actividades para jóvenes, para parejas, para jubilados, etc. Su predicación se propone captar la atención de los oyentes a un nivel superficial, sin una enseñanza sólida y doctrinal. Puesto que el pecado es impopular, lo destierra de su léxico y, en cambio, habla de “dependencia”, de “ser víctimas”, u otros elementos retóricos de la psicología. Los más grandes y sanos predicadores del pasado matarían de aburrimiento hoy a la mayoría de congregaciones, pues su predicación se centraba en el Dios trino, no en la gente y sus “necesidades”. La iglesia moderna ha olvidado que la verdad más grande que el pueblo necesita conocer es a Dios mismo. Sin embargo, la predicación actual se centra en lo que Dios puede hacer “por ti”. Sea la iglesia protestante o católica, carismática o no carismática, con demasiada frecuencia el énfasis es humanista: sobre las emociones, los sentimientos y, sobre todo, los beneficios que pueden obtenerse.

No estoy proponiendo que en los púlpitos se hagan conferencias sobre los aspectos ontológico y económico de la trinidad, sino más bien que se enseñe, predique y escriba para centrar nuestra fe en el Dios trino, no sobre nosotros mismos. Porque, en el fondo, la trinidad práctica de muchos no pasa de ser: yo, mío, para mí.

La trinidad ontológica es un misterio que está más allá de la comprensión humana. Sin embargo, esta trinidad ontológica verdaderamente se revela en su santa palabra, y requiere que la conozcamos. Al conceder sus dones, declara: “Y sabréis que yo soy Jehová vuestro Dios” (Ex. 16:12).

¿No es una blasfemia creer que el único propósito que tiene Dios para nuestra salvación es hacernos felices, regalarnos una gloriosa llamarada y quitarnos los problemas? Si alguien se interesara por ti solo en términos de lo que puedes darle, ¿no llegaría el momento en que te enfadaras? Es verdad que Dios no necesita de tu interés por Él, ni de tu tiempo, ni de tu dinero. Pero, ¿no rechazará tu profesión de fe cuando se demuestre que esta solo consiste en una santurronería egoísta?

Tenemos demasiados cristianos “¡felices, siempre felices!”, que no temen Dios; y deberían hacerlo. La adoración a Dios se ha eclipsado en demasiadas iglesias. Son demasiados los que desprecian la ley de Dios y, encima, se atreven a esperar su bendición. Los resultados saltan a la vista: una iglesia moderna grande en número, pero con un testimonio y un pueblo raquíticos.

Para iniciar un verdadero avivamiento, “teme a Dios, y guarda sus mandamientos” (Ec. 12:13).

Rousas John Rushdoony

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