El calvinismo en la historia: el calvinismo y la educación

Proponemos la lectura de este interesante artículo de Loraine Boettner donde se reflexiona sobre la estrecha relación entre el calvinismo y la educación.

La historia da un testimonio muy claro de que el calvinismo y la educación han estado estrechamente relacionados. Adondequiera que ha ido el calvinismo, ha llevado consigo la escuela y ha dado un poderoso impulso a la educación popular. Es un sistema que demanda madurez intelectual. De hecho, podemos decir que su misma existencia está unida a la educación del pueblo. Se requiere ejercicio mental para dominar el sistema y aprender todo lo que implica. Apela a la razón humana de la manera más contundente e insiste en que el hombre debe amar a Dios no solo con todo su corazón, sino también con toda su mente. Calvino sostenía que “una fe verdadera debe ser una fe inteligente”. Y la experiencia ha mostrado que la piedad sin conocimiento es, a final de cuentas, tan peligrosa como el conocimiento sin piedad. Vio claramente que la aceptación y difusión de su sistema de doctrina dependía no solo de la formación de los hombres que habían de exponerlo, sino también de la inteligencia de las grandes masas de la humanidad que habían de aceptarlo. Calvino coronó su obra en Ginebra con el establecimiento de la Academia. Miles de alumnos peregrinos de la Europa continental y de las Islas Británicas se sentaron a sus pies y después llevaron sus doctrinas a cada rincón de la cristiandad. Knox regresó de Ginebra completamente convencido de que la educación de las masas era el baluarte más fuerte del protestantismo y el fundamento más seguro del estado. “Con el romanismo va el sacerdote; con el calvinismo va el maestro”. Este es un antiguo dicho cuya verdad no negará nadie que haya examinado los hechos. Este amor calvinista por el aprendizaje, anteponiendo la mente al dinero, ha inspirado a incontables familias calvinistas en Escocia, en Inglaterra, en Holanda y en América a hacer un esfuerzo extremo por educar a sus hijos. El famoso dicho de Carlyle (“Que un ser con capacidad de conocer muera ignorante, esto es lo que llamo tragedia”) expresa una idea que es calvinista hasta la médula. Dondequiera que ha ido el calvinismo, ha promovido el conocimiento y el aprendizaje, y ha originado una robusta raza de pensadores. Los calvinistas no han sido constructores de grandes catedrales, pero han sido constructores de escuelas, institutos y universidades. Cuando los puritanos de Inglaterra, los covenanters de Escocia y los reformados de Holanda y Alemania llegaron a América, no solo se llevaron la Biblia y la Confesión de Westminster, sino también la escuela. Y por eso nuestro calvinismo americano nunca:

“Teme las débiles manos de los escépticos,

Mientras cerca de su escuela se halle la torre de la iglesia,

Ni se espanta del gobierno de los fanáticos cegados,

Mientras cerca de la torre de su iglesia se halle una escuela”.

Nuestras tres universidades americanas de mayor importancia histórica –Harvard, Yale y Princeton—originalmente fueron fundadas por calvinistas como potentes escuelas calvinistas, pensadas para dar a los estudiantes una buena base en teología, así como en otras ramas del saber. Harvard, establecida en 1636, pretendía ser principalmente una centro de formación de ministros, y más de las mitad de sus primeros graduados entraron en el ministerio. Yale, que a veces se ha llamado “la madre de las universidades”, durante un considerable período de tiempo fue una estricta institución puritana. Y Princeton, fundada por los presbiterianos escoceses, tuvo una fundación absolutamente calvinista.

“Nos gloriamos” –dice Bancroft—“de nuestras escuelas públicas; Calvino fue el padre de la educación popular, el inventor del sistema de escuelas libres”. “Dondequiera que el calvinismo ganó dominio” –dice otra vez—“invocó la inteligencia del pueblo y, en cada parroquia, plantó la escuela pública”. “Nuestro sistema de escuelas públicas del que nos gloriamos” –dice Smith—“debe su existencia a la influencia de la Ginebra de Calvino, a través de Escocia y Holanda, en América; y, durante los primeros doscientos años de nuestra historia, casi todas las universidades y seminarios, y casi todas las academias y escuelas públicas, fueron construidas y sostenidas por calvinistas”. La relación que el calvinismo tiene con la educación ha sido bien explicada en los dos párrafos siguientes por el profesor H. H. Meeter, del Calvin College:

“La ciencia y el arte fueron los dones de la gracia común de Dios, y habían de usarse y desarrollarse como tales. La naturaleza se consideraba la obra de Dios, la materialización de sus ideas, en su forma pura el reflejo de sus virtudes. Dios era el pensamiento unificador de toda ciencia, ya que todo era el desarrollo de su plan. Pero, junto con estas razones teóricas, hay razones muy prácticas por las que el calvinista siempre ha estado profundamente interesado en la educación, y por las que tanto las escuelas de primaria para niños como las escuelas enseñanza superior surgieron junto a las iglesias calvinistas, y por las que los calvinistas fueron en muy buena medida la vanguardia del movimiento de educación universal moderno. Estas razones prácticas están estrechamente relacionadas con su religión. Los católicos romanos podían pasar perfectamente sin la educación de las masas. Para ellos el clero –en distinción del laicado—era el que había de decidir sobre asuntos de gobierno y doctrina eclesiásticos. Por tanto, estos intereses no requerían la formación de las masas. Para la salvación, todo lo que el laico necesitaba era una fe implícita en lo que creía la iglesia. No era necesario ser capaz de dar una explicación inteligente de los artículos de su fe. En los cultos no el sermón, sino el sacramento, era el importante instrumento de las bendiciones de la salvación, siendo el sermón menos necesario. Y este sacramento, una vez más, no requería inteligencia, ya que operaba ex opere operato”.

“Para el calvinista, las cosas eran justo al revés. El gobierno de la iglesia era colocado en las manos de ancianos y laicos, y estos tenían que decidir sobre asuntos de política eclesiástica e importantes asuntos de doctrina. Además, el propio laico tenía el serio deber, sin la intermediación de un orden sacerdotal, de obrar su salvación, y no bastaba con una fe implícita en lo que creía la iglesia. Debía leer su Biblia. Debía conocer su credo. Y, si erraba en ello, lo hacía como un gran intelectual. Incluso para el luterano, la educación de las masas no era tan urgente como para el calvinista. Es verdad que el luterano también colocó a todo hombre ante la responsabilidad personal de operar su propia salvación. Pero los laicos estaban excluidos en los círculos luteranos del oficio del gobierno eclesiástico y, por tanto, también del deber de decidir sobre asuntos de doctrina. A partir de estas consideraciones, es evidente por qué el calvinista debe ser un acérrimo defensor de la educación. Si, por un lado, Dios debía ser reconocido como soberano en el campo de las ciencias, y si el mismo sistema religioso del calvinista requería la educación de las masas para su existencia, no nos tiene que sorprender que el calvinista promoviera al máximo el aprendizaje. La educación es una cuestión de ser o no ser para el calvinista”.

El elevado nivel que las iglesias presbiterianas y reformadas exigen en la formación ministerial es digno de atención. Mientras que otras muchas iglesias ordenan a hombres como ministros y misioneros y les permiten predicar con muy poca educación, las iglesias presbiterianas y reformadas requieren que el candidato al ministerio tenga un título universitario y que haya estudiado al menos dos años con un reconocido profesor de teología. (Véase Forma de gobierno, cap. 14, sec. 3 y 4). Como resultado, un gran número de estos ministros ha sido capaz de manejar los asuntos de las influyentes iglesias urbanas. Esto puede significar menos ministros, pero también significa un ministerio mejor preparado y mejor pagado.

Loraine Boettner

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