La guerra perpetua de Satanás para destruir a la Iglesia

Dice Juan el Apóstol, en Apocalipsis 12:1-6:

Y una grande señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando preñada, clamaba con dolores de parto, y sufría tormento por parir. Y fué vista otra señal en el cielo: y he aquí un grande dragón bermejo, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas. Y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las echó en tierra. Y el dragón se paró delante de la mujer que estaba para parir, á fin de devorar á su hijo cuando hubiese parido. Y ella parió un hijo varón, el cual había de regir todas las gentes con vara de hierro: y su hijo fué arrebatado para Dios y á su trono. Y la mujer huyó al desierto, donde tiene lugar aparejado de Dios, para que allí la mantengan mil doscientos y sesenta días”.

Esta visión de Juan es sumamente importante y un símbolo clave en todo el libro de Apocalipsis, pues describe a la perfección cuál ha sido el camino de la Iglesia hacia la Redención, el intento de sus enemigos (los instrumentos que Satanás ha empleado) por destruirla y la seguridad absoluta de que está Redención tendrá lugar en Cristo (y solo en Cristo).

El símbolo central de este pasaje es una mujer, y, específicamente, la mujer aquí representa a la Iglesia en la forma del Israel del antiguo pacto. Algunos profetas del Antiguo Testamento habían utilizado el símbolo de la mujer para representar a la Iglesia. El símbolo en Apocalipsis 12 es una visión gloriosa de la Iglesia en su pureza, como la esposa de Jesucristo y a eso apunta la imagen”vestida del sol, y la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas”. La corona de doce estrellas representan su gloria y dominio, su condición triunfante.

Esta mujer lleva en su vientre al Cristo, al Mesías destinado a “regir todas las gentes con vara de hierro”. La imagen de la mujer tiene sus orígenes en Génesis 3, el “protoevangelio”, la primera proclamación del Evangelio, en la cual Dios reveló que por medio de la mujer vendría el Redentor para aplastar la cabeza de la Serpiente (Génesis 3:15). Juan condensa en esta imagen todas las anteriores de la mujer en la Biblia para hacer un retrato de la Iglesia, de parto para dar a luz al Mesías: es Eva, la madre de todos los vivientes, cuya Simiente aplastará la cabeza del dragón; es también Sara, Rebeca, Raquel, Jocabed, Ana, y las otras mujeres del pacto que dieron a luz a libertadores, antepasados de la Simiente; es la Virgen María, a través de la cual encontraron su cumplimiento las promesas hechas a los padres. No es identificable con ninguna de esas mujeres en particular, sino que cada una refleja una faceta distinta del significado de la mujer en la Biblia y los “dolores de parto” de la Iglesia para dar a luz al Mesías.

En el Antiguo Testamento, la nación de Israel gime con dolores de parto hasta el nacimiento de Cristo. Ese, y no otro, era el sentido de la separación de Israel del resto de naciones que la rodeaban, la preservación de la Simiente de la cual nacería el Mesías, el alumbramiento del Salvador del mundo y el cumplimiento de la promesa del pacto de Abraham con Dios. Desde el “protoevangelio” hasta el diluvio, desde el pacto abrahámico a través de la esclavitud en Egipto, el Éxodo, el establecimiento en Canaán, el cautiverio babilónico, el regreso del exilio, y el sufrimiento bajo los griegos y los romanos, Israel estaba en el proceso de dar a luz al Cristo, para traer la era mesiánica.

Juan ve otra señal en el cielo: se trata de un gran dragón escarlata. En el versículo 9 explica que este dragón es “la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás”, el enemigo de Dios y de su pueblo. El dragón es descrito con “siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas”. Parece una referencia a las bestias del profeta Daniel, las cuales tenían siete cabezas (la tercera tenía cuatro) y la cuarta bestia tenía diez cuernos (Daniel 7:3-7). Juan, como Daniel, se está refiriendo a los imperios paganos del mundo antiguo (Babilonia, Persia, Grecia y Roma) detrás de los cuales se ha camuflado el dragón en su intento por destruir la Simiente del pacto y establecer su dominio corrupto sobre el mundo. La gran bestia es el dragón, de la cual cada imperio es solo una imagen parcial. Es decir, cada bestia que ve Daniel es una imagen parcial de la única bestia, la forma (los imperios de la edad antigua que se han sucedido unos a otros en el dominio del mundo conocido por aquel entonces) que ha adoptado en cada momento. Es este dragón quien había sido el antiguo enemigo del pueblo de Dios. En todas las luchas de Israel contra las bestias, a través de todos los intentos de los imperios humanos por destruir la Simiente del Pacto, el dragón había sido su enemigo. Llevaba puestas las diademas de los imperios perseguidores.

En la Biblia, el dragón o la serpiente son símbolos de la cultura pagana rebelde contra Dios, inspirada por Satanás (por ejemplo, en Jeremías 51:34). Otra señal muy clara está en el Éxodo de Egipto. El dragón también es identificado con el Egipto pagano y opresor del pueblo israelita: “Despiértate, despiértate, vístete de fortaleza, oh brazo de Jehová; despiértate como en el tiempo antiguo, en los siglos pasados. ¿No eres tú el que cortó á Rahab, y el que hirió al dragón? ¿No eres tú el que secó la mar, las aguas del grande abismo; el que al profundo de la mar tornó en camino, para que pasasen los redimidos?” (Isaías 51:9-10). La liberación y el Éxodo de Egipto fue un primer aplastamiento de la cabeza de la serpiente a la que se hace referencia en Génesis 3, pues posibilitó el establecimiento del pacto de Israel con Dios en el Sinaí. La cabeza de la serpiente, de Satanás, es aplastada al ser sepultados los carros del Faraón por las aguas del Mar Rojo.

Por supuesto, la herida en la cabeza sanó, y el dragón(utilizando al “imperio-dragón” de turno, hecho a imagen y semejanza suya) repetidamente regresó para atormentar y perseguir a la Simiente de la mujer.

Esto ocurre una y otra vez en todo el Antiguo Testamento, que registra numerosos aplastamientos provisionales de la cabeza del dragón (la muerte de Sísara con su cabeza horadada por un clavo, a manos de Jael; la cabeza del dios filisteo Dagón cortada al ser colocada su estatua al lado del arca de la Alianza; la pedrada en la cabeza del filisteo Goliat; la cabeza de Absalom, el hijo rebelde de David, enredada entre las ramas de una encina; la cabeza cortada de Seba, otro hijo rebelde de David; en el Salmo 68:21 se dice: “Ciertamente Dios herirá la cabeza de sus enemigos”; etc…). Los profetas de Israel esperaban la definitiva derrota venidera del dragón en la obra de Cristo. Isaías vio a Israel como una mujer encinta, retorciéndose y clamando en sus dolores de parto, esperando que naciera el Salvador: “En aquel día Jehová visitará con su espada dura, grande y fuerte, sobre leviathán, serpiente rolliza, y sobre leviathán serpiente retuerta; y matará al dragón que está en la mar” (Isaías 27:1). Daniel ve que el reinado de los imperios que ejercen un poder impío sobre la tierra es solo “hasta cierto tiempo” (Daniel 7:12) y en los dos versos siguientes ve al Anciano de días entregando el dominio sobre los pueblos y naciones al Hijo del Hombre, a Jesucristo, el segundo Adán, un “dominio eterno, que nunca pasará” y un reino “que no será destruido”.

Juan ve también como la cola de este dragón arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo. En otras partes de Apocalipsis, Juan relaciona las estrellas con ángeles, y ahora describiría simbólicamente la caída de Satanás y los ángeles malos (2 Pedro 2:4 y Judas 6 se refieren a estos ángeles malos compañeros de Satanás). Las “estrellas” arrastradas por la cola del dragón son los ángeles caídos, que se unieron a él en rebelión contra Dios y enemistad contra Su pueblo.

Y llegamos a la parte más importante de la visión. La meta del dragón es hacer abortar la obra de Cristo, devorarlo y matarlo. Así que el dragón se paró delante de la mujer para devorar a su Hijo tan pronto naciera. Este conflicto entre Cristo y Satanás fue anunciado en Génesis 3:15, la guerra entre las dos simientes, la Simiente de la mujer y la simiente de la serpiente. Desde el primer libro de la Biblia hasta el último, ésta es la guerra básica de la historia. El dragón está en guerra contra la mujer y su Simiente, Jesucristo.

A través de toda la historia, Satanás ha estado tratando, o de impedir que Cristo naciera, o de matarlo tan pronto naciera. Por esto mató Caín a Abel, bajo la inspiración del dragón: el ataque contra Abel era un intento de destruir la Simiente. No tuvo éxito, porque Eva luego dio a luz a Set, “en lugar de Abel” (Génesis 4:25), y la Simiente fue preservada en él. La siguiente táctica de Satanás fue corromper la línea de Set. Diez generaciones después de Adán, casi todos los descendientes de Set apostataron a través del matrimonio con los paganos (Génesis 6:1-12), y la tierra entera se corrompió, salvo por un hombre justo y su familia. La ira insensata de Satanás para atacar a la Simiente era tan grande que el mundo entero fue destruido, pero él fracasó. La Simiente fue preservada dentro de una sola familia en el arca. El dragón trató nuevamente de asesinar la Simiente, por medio de sus ataques contra la familia de Abraham. En dos ocasiones, Satanás intentó hacer que Sara fuera violada por un rey pagano (Génesis 12:10-20; 20:1-18) y lo intentó nuevamente con Rebeca (Génesis 26:1-11). El dragón siguió manifestando su odio a la Simiente en la enemistad de Esaú contra Jacob, incluso estando ambos en el vientre de su madre (Génesis 25:22-23). Cuando los hijos de Israel estaban en Egipto, el dragón trató de destruir la Simiente haciendo matar a todos los niños varones (Éxodo 1). Siglos después, la Simiente la portaba un muchacho pastor, David, y nuevamente atacó el dragón, en dos ocasiones inspirando a un rey poseído por un demonio para que le arrojara una lanza (1 Samuel 18:10-11). El propio aparato militar del reino de Israel se convirtió en instrumento del dragón cuando Saúl trató de matar a David. Pasaron otros siglos más y la diabólica reina Atalía destruyó toda la simiente real de la casa de Judá (2 Crónicas 22:10), pero la Simiente fue preservada en el bebé Joás. Otro malvado, Amán, el primer ministro de Persia, pretendió exterminar a todos los judíos, lo cual pudo ser evitado por la reina Ester. Pese a los intentos del dragón de destruir a Cristo, Dios siempre intervino para preservar la Simiente dentro de Israel. Como vemos Satanás no solo pretendía acabar con Cristo, sino aniquilar a los redimidos, a la Iglesia.

El clímax de estos intentos del dragón por abortar el plan redentor de Dios se produce en el momento del nacimiento de Jesús, cuando Satanás posee al rey Herodes, el gobernador idumeo de Judea, y lo inspira para que masacre a los niños de Belén (Mateo 2:13-18). La visión de Juan parece alegórica de este suceso, puesto que menciona una huida al desierto de la mujer. Parece un reflejo de la huída de la Virgen María a Egipto, para escapar de la ira asesina del rey Herodes (Mateo 2:13-21), aunque también es identificable con la huida del pueblo de Israel al desierto para escapar del dragón de Egipto.

El dragón, por supuesto, siguió intentando destrozar la obra de Cristo: tentando al Señor en el desierto (Lucas 4:1-13), tratando de hacer que lo mataran (Lucas 4:28-29), poseyendo uno de los discípulos de mayor confianza para que le traicionase (Juan 13:2, 27), y finalmente organizando su crucifixión. Incluso en la muerte de Cristo el dragón es derrotado, pues la Cruz fue la manera en que Dios hizo que Satanás contribuyera a que se cumplieran los propósitos de Él, según Su sabiduría. Esto es lo que dice Pablo en 1 Corintios 2:7-8: “la sabiduría oculta, que Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria”. Al herir el calcañar de la Simiente, la cabeza de la serpiente fue aplastada, con lo cual, la crucifixión de Cristo es el cumplimiento de la profecía de Génesis 3:15.

El hijo varón al que la mujer da a luz es Cristo Jesús, nacido de Israel para regir las naciones con vara de hierro (Salmo 2:7-9; e Isaías 66:7-8). Juan hace una referencia a la ascensión de Cristo a Su trono a la diestra de Dios Padre: “y su hijo fué arrebatado para Dios y á su trono”. A pesar de todo lo que hace el dragón por destruirla, la Simiente es arrebatada al trono y ahora rige las naciones con vara de hierro, tal como si hubiese pasado directamente de la encarnación al trono, pues Satanás no tenía poder para detenerlo.

La Redención de la Iglesia, del cuerpo de los redimidos por Dios en Cristo, comenzó en el mismo momento de la Caída del hombre en el pecado. Es un plan eterno materializado en la obra perfecta de Cristo, Su muerte en la Cruz y Su triunfo sobre la muerte y el diablo en la Resurrección. A pesar de todos los intentos del dragón, de la serpiente antigua, de Satanás, por destruirla, hay que estar plenamente confiados en que la victoria en esta guerra espiritual fue ya lograda por el Salvador y en que la Iglesia, la Esposa de Cristo, es más que vencedora.

Amén.

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