Calvino sobre la fe y la seguridad frente a la incredulidad

Rescatamos este interesantísimo extracto de un capítulo de Espiritualidad puritana reformada, de Joel Beeke, el cual trata de las luchas interiores entre la carne y el espíritu que el creyente mantiene, en mayor o menor medida, durante toda su vida, siendo únicamente superadas de manera definitiva cuando estemos en la presencia de Dios.

A través de su elevada doctrina de la fe, Calvino repite estos temas: con dificultad muere la incredulidad; la seguridad a menudo es probada por la duda; severas tentaciones, luchas y contiendas son la norma; Satanás y la carne arremeten contra la fe; la confianza en Dios es asediada por el temor. Calvino de sí mismo reconoce que la fe no se retiene sin un severo combate contra la incredulidad, ni está libre de dudas y ansiedad. Escribe: “La fe siempre está mezclada, en todos los hombres, con la incredulidad… Pues la incredulidad está tan hondamente arraigada en nuestros corazones, y tan inclinados nos sentimos a ella que, aunque todos confiesan que Dios es veraz, ninguno se convence de ello sin gran dificultad y grandes luchas. Principalmente cuando llega el momento de la prueba y cuando las tentaciones nos oprimen, las dudas y vacilaciones descubren el vicio que permanecía oculto”.

Según Calvino, la fe debiera ser segura, pero no existe una seguridad perfecta en esta vida. El creyente no estará completamente sano de la incredulidad hasta que muera. Aunque la fe misma no puede dudar, es constantemente asaltada por la tentación de la duda. El cristiano se esfuerza, pero nunca logra del todo una seguridad ininterrumpida.

Calvino concede diversos grados de fe. Usa conceptos como “infancia de la fe”, “comienzos de la fe” y “fe débil” con más frecuencia incluso que Lutero. Toda fe comienza en la infancia, dice Calvino. Escribe: “La paciencia de Cristo es grande al considerar discípulos a aquellos cuya fe es tan pequeña. Y, de hecho, esta doctrina se extiende a todos nosotros en general, pues la fe que ahora es plenamente madura tuvo su infancia al principio, y tampoco es tan perfecta en ninguno como para que no le sea necesario hacer progreso en ella”.

Exponiendo el proceso de maduración de la fe más que sus secretos comienzos o realización final, Calvino afirma que la seguridad es proporcional al desarrollo de la fe. Más concretamente, presenta al Espíritu Santo no solo como el iniciador de la fe, sino también como la causa y sustentador de su crecimiento. La fe, el arrepentimiento, la santificación y la seguridad son todos progresivos.

Calvino distingue entre la definición de la fe y la realidad de la experiencia del creyente. Tras explicar la fe en la Institución como proveedora de “gran seguridad”, escribe: “Mas dirá alguno que es muy distinto lo que los fieles experimentan. No solamente se sienten muchísimas veces tentados por la duda para reconocer la gracia de Dios, sino que con frecuencia se quedan atónitos y aterrados por la vehemencia de las tentaciones que sacuden su entendimiento. Esto no parece estar muy de acuerdo con la certidumbre de la fe antes expuesta. Es menester, por lo tanto, solucionar esta dificultad, si queremos que la doctrina propuesta conserve su fuerza y valor. Cuando nosotros enseñamos que la fe ha de ser cierta y segura, no nos imaginamos una certidumbre tal que no sea tentada por ninguna duda, ni concebimos una especie de seguridad al abrigo de toda inquietud”. Más adelante, escribe: “Y no he olvidado lo que antes dije, cuya memoria es renovada repetidamente por la experiencia: que la fe es sacudida por diversas dudas, de modo que las mentes de los santos raramente están en paz”.

Estas citas y otros escritos indican que, aunque Calvino ansía definir la fe al lado de la seguridad, también reconoce que el cristiano va creciendo gradualmente en una fe más plena en las promesas de Dios. Este reconocimiento está implícito en el empleo de Calvino de expresiones como “plena fe” en las promesas de Dios, como si estuviera distinguiendo entre el ejercicio de la fe y lo que llama “plena fe”. En resumen, Calvino distingue entre el “debería” de la fe y el “es” de la fe en la vida diaria. Escribe: “Con estas palabras prueba que no hay verdadera fe en el hombre más que cuando, libremente y con un corazón pletórico de seguridad, osa presentarse ante el acatamiento divino; osadía que no puede nacer más que de una absoluta confianza en nuestra salvación y en la benevolencia divina. Lo cual es tan cierto que muchas veces el nombre de fe se toma como sinónimo de confianza… Cuando algo es definido, hemos de buscar su misma integridad y perfección. Ahora bien, esto no implica negar un lugar para el crecimiento”.

La definición de Calvino de la fe sirve como recomendación de cómo deberían “habitual y apropiadamente pensar en la fe” sus lectores. La fe siempre debiera apuntar hacia la plena seguridad, incluso si no puede alcanzar perfecta seguridad en la experiencia. En principio, la fe gana la victoria (cf. 1 Juan 5:4); en la práctica, reconoce que aún no ha comprendido plenamente (cf. Fi. 3:12-13). “Es necesario recurrir a una distinción entre la carne y el espíritu. En efecto, el corazón de los fieles siente en sí mismo esta división, según la cual en parte está lleno de alegría por el conocimiento que tiene de la bondad divina, y en parte experimenta gran congoja por el sentimiento de su propia calamidad; en parte descansa en la promesa del evangelio, y en parte tiembla con el testimonio de su propia maldad; en parte triunfa con la posesión de la vida, y en parte tiene horror a la muerte. Esta oscilación proviene de la imperfección de la fe, pues jamás en esta vida presente llegaremos a la felicidad de estar libres de toda desconfianza y de poseer la plenitud de la fe. De ahí esta continua batalla, cuando la desconfianza que habita y está arraigada en la carne se levanta contra la fe del espíritu para atacarla y destruirla”.

Al igual que Lutero, Calvino coloca la dicotomía “debería/es” en el marco de la batalla entre el espíritu y la carne. Los cristianos experimentan esta tensión entre el espíritu y la carne intensamente, porque es instigada por el Espíritu Santo. Las paradojas que impregnan la fe experimental (p. ej., Romanos 7:14-25 en la clásica interpretación reformada) encuentran una resolución a esta tensión: “Así que, yo mismo con la mente [espíritu] sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado” (v. 25). A este respecto, escribe Calvino: “Nada impide que los fieles tengan temor y, a la vez, gocen del consuelo de la plena seguridad… La fe y el temor pueden habitar en la misma alma… Y ello es tan cierto que en modo alguno debemos apartar a Jesucristo de nosotros, ni a nosotros de Él, sino mantener firme la unión con la que nos ha juntado consigo mismo”.

Calvino coloca la consolación segura del espíritu junto a la imperfección de la carne, pues es lo que el creyente encuentra dentro de sí. Puesto que la victoria final del espíritu sobre la carne solo será cumplida en Cristo, el cristiano se encuentra en perpetua lucha en esta vida. Su espíritu le llena “de deleite al reconocer la bondad divina”, incluso cuando su carne activa su inclinación natural a la incredulidad. Es asaltado por “conflictos de conciencia diarios” en tanto que los vestigios de la carne permanecen. “El estado presente [del creyente] está lejos de la gloria de los hijos de Dios”, escribe Calvino. “Físicamente, somos polvo y sombra, y la muerte siempre está ante nuestros ojos. Estamos expuestos a mil miserias, de modo que siempre encontramos un infierno dentro de nosotros”.

Mientras aún está en la carne, el creyente puede ser tentado incluso a dudar de todo el evangelio. Los réprobos no tienen estas luchas, pues ni aman a Dios ni odian el pecado. Satisfacen sus propios deseos “sin temor de Dios”, dice Calvino. Pero cuanto más sinceramente el creyente “se entrega a Dios, tanto más es severamente perturbado por el sentido de su ira”. Sin embargo, la seguridad del favor de Dios y un sentido de su ira no parecen sino lo contrario. En realidad, un espíritu de temor y temblor reverente ayuda a reafirmar la fe y prevenir la presunción, pues el temor deriva de un sentido apropiado de la indignidad, mientras que la confianza surge de la fidelidad de Dios. Esta tensión espíritu/carne guarda al creyente de satisfacer a la carne y de entregarse a la desesperación. El espíritu del creyente jamás desesperará completamente; antes bien, la fe crece en el mismo borde de la desesperación. El conflicto fortalece la fe. Hace al creyente vivir con prudencia, no con abatimiento. Con la ayuda del Espíritu Santo, la fe celestial se eleva sobre todo conflicto, confiando en que Dios será fiel a su propia Palabra.

Incluso cuando es atormentado con dudas carnales, el espíritu del creyente confía en la misericordia de Dios, invocándole en la oración y descansando en Él a través de los sacramentos. Por estos medios, la fe gana la batalla principal en su guerra contra la incredulidad. “En medio de estas sacudidas, la fe sostiene los corazones de los fieles; como la palma, que resiste todo el peso que le ponen encima y se yergue hacia lo alto”.

En resumen, Calvino enseña que del espíritu del creyente sale la esperanza, la alegría y la seguridad; de la carne, el temor, la duda y la desilusión. Aunque el espíritu y la carne operan simultáneamente, la imperfección y la duda forman parte de la carne, no de la fe. Las obras de la carne a menudo acuden a la fe, pero no se mezclan con ella. El creyente puede perder batallas espirituales a lo largo del sendero de la vida, pero no perderá la batalla final contra la carne. La oración y los sacramentos ayudan al espíritu de la fe a obtener la victoria final.

Pese a las tensiones entre definición y experiencia, espíritu y carne, Calvino mantiene que la fe y la seguridad no están tan mezcladas con la incredulidad que el creyente quede con probabilidad en lugar de certeza. El germen de fe más pequeño contiene seguridad en su misma esencia, incluso cuando el creyente no siempre sea capaz de aprehender esta seguridad, debido a su debilidad. El cristiano puede ser sacudido por la duda y la perplejidad, pero la semilla de la fe, plantada por el Espíritu, no puede perecer.

Precisamente porque es la semilla del Espíritu, la fe retiene la seguridad. La seguridad aumenta y disminuye en proporción al incremento y declive de los ejercicios de fe, pero la semilla de la fe jamás puede ser destruida. Dice Calvino: “Jamás puede ser arrancada del corazón de los fieles la raíz de la fe, sin que en lo profundo del corazón quede algo adherido, algo inconmovible, por más que parezca que al ser agitado va a ser arrancado; su luz jamás será extinguida de tal manera que no quede al menos algún rescoldo entre las cenizas”. Así pues, Calvino explica “la seguridad débil en términos de fe débil, sin que de este modo se debilite el vínculo entre fe y seguridad”. La seguridad es normativa, pero varía en grado y constancia en la conciencia que el creyente tiene de ella. Por tanto, al responder a la seguridad débil, un pastor no debería negar la atadura orgánica entre la fe y la seguridad, sino que debería instar a la búsqueda de una fe más fuerte, usando los medios de gracia por el Espíritu.

El autoengaño es una posibilidad real, dice Calvino. Puesto que los réprobos a menudo sienten algo muy similar a la fe de los elegidos, el autoexamen es esencial. Escribe: “Aprendamos a examinarnos a nosotros mismos, y a indagar si aquellas marcas interiores por las que Dios distingue a sus hijos de los extraños nos pertenecen, a saber, la raíz viva de la piedad y la fe”. Felizmente, los que son verdaderamente salvos son librados del autoengaño mediante un apropiado examen dirigido por el Espíritu Santo. Dice Calvino: “Mientras tanto, los fieles son enseñados a autoexaminarse con solicitud y humildad, para que no aparezca una seguridad carnal en lugar de la certeza de la fe”.

Incluso en el autoexamen, Calvino enfatiza a Cristo. Dice que debemos examinarnos para ver si estamos colocando nuestra confianza solo en Cristo, pues este es el fruto de la experiencia bíblica. Anthony Lane dice que para Calvino el autoexamen no es tanto “¿estoy confiando en Cristo?” como “¿estoy confiando en Cristo?” El autoexamen siempre debe dirigirnos a Cristo y su promesa. Nunca debe hacerse sin la ayuda del Espíritu Santo, el único que puede arrojar luz sobre la obra salvadora de Cristo en el alma del creyente. Fuera de Cristo, la Palabra y el Espíritu, dice Calvino, “si te contemplas a ti mismo, es condenación segura”.

El Espíritu Santo tiene un papel enorme en la aplicación de la redención, dice Calvino. Como consolador, sello y arras personales, el Espíritu Santo asegura al creyente de su adopción: “El Espíritu de Dios nos da tal testimonio que, cuando es nuestro guía y maestro, nuestro espíritu es asegurado de la adopción de Dios. Pues nuestra mente, de sí misma, sin el precedente testimonio del Espíritu, nunca podría transmitirnos esta seguridad”.

Los elegidos reciben beneficios subjetivos que los réprobos jamás gustan. Solo ellos reciben las promesas de Dios como verdad en lo interior; solo ellos reciben el testimonio que se puede llamar “el alumbramiento del Espíritu”; solo ellos reciben el conocimiento experimental e intuitivo de Dios cuando Él se les ofrece en Cristo. La fe en las promesas de Dios operada por el Espíritu efectúa una unión con Cristo. Calvino dice que solo en los elegidos “penetra este afecto, que nos transporta al cielo; por él somos admitidos en los recónditos tesoros de Dios”. “Porque el Espíritu Santo no sella propiamente más que en los elegidos la remisión de los pecados, a fin de que tengan una particular certidumbre y se aprovechen de ello”.

Según Heribert Schtzeichel, un teólogo católico-romano, el énfasis de Calvino en una fe y testimonio especiales recuerda la insistencia del Concilio de Trento en que la seguridad siempre es revelada de un modo especial. Para el Concilio de Trento, sin embargo, la seguridad es especial y poco común; para Calvino, la seguridad es especial y normativa, pues es parte de la esencia de la fe. Para Trento, la seguridad está separada de la Palabra; para Calvino, la seguridad siempre está relacionada con la Palabra. El testimonio seguro del Espíritu no añade a la Palabra mediante alguna visión mística o voz audible; antes bien, acompaña a la Palabra. El sello del Espíritu es un testimonio personal, por medio del evangelio, de que las promesas de Dios son para el creyente personalmente. Dice Calvino: “La seguridad es algo que está por encima de la capacidad de la mente humana; es de parte del Espíritu para confirmar dentro de nosotros lo que Dios promete en su Palabra”. Los réprobos jamás experimentan tal seguridad, pues jamás gustan la unión entre la verdad objetiva de la promesa de Dios y el sello subjetivo del Espíritu.

Cuando distingue a los elegidos de los réprobos, Calvino habla más sobre lo que el Espíritu hace en nosotros que lo que Cristo hace por nosotros, pues allí la línea de demarcación es más pronunciada. Habla mucho de experiencia interior, de sentimiento, de alumbramiento, de percepción, incluso de “violenta emoción”. Aunque consciente de los peligros de una excesiva introspección, Calvino también reconoce que las promesas de Dios solo son suficientes cuando son traídas por el Espíritu dentro del ámbito, experiencia y obediencia de la fe.

Para resumir la posición de Calvino, los tres miembros de la trinidad están implicados en la seguridad de la fe del creyente. Además, las obras de Cristo y el Espíritu Santo son complementarias. Cuando Calvino responde a Pighius que “Cristo es mil testimonios para mí”, está diciendo que Cristo es una fuente de seguridad poderosa, fundamental y principal para él, precisamente a causa de la aplicación que el Espíritu hace de Cristo y sus beneficios a él. De nuevo, cuando Berkower dice que la Institución de Calvino jamás se cansa “de repetir la advertencia contra todo intento de ganar seguridad fuera de Cristo y su cruz”, esto debe entenderse en términos de la obra del Espíritu, ya que nadie puede asegurarse jamás de tener a Cristo sin el Espíritu. El Espíritu Santo revela al creyente a través de su Palabra que Dios es un Padre con buena disposición, y lo capacita para abrazar las promesas de Cristo por la fe.

Calvino dice que la incredulidad solo es una enfermedad y una interrupción de la fe que no tendrá dominio sobre la misma de manera diaria, ni finalmente triunfará. Antes bien, Dios desea “poner remedio a esta enfermedad y que demos enteramente crédito a sus promesas”. Puesto que es de Dios, la fe debe triunfar, pues Dios usará incluso las dudas y asaltos para fortalecer la fe. Mediante los perpetuos triunfos en Dios de la fe, Calvino alienta a los hijos de Dios que frecuentemente dudan dirigiéndolos a Él para hallar el principio de la seguridad de la fe.

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